“El problema central de la infección con VIH en las mujeres no puede solucionarse con posters, campañas de información o sistemas de distribución de condones. El punto central no es tecnológico o biológico: es el rol o estatus inferior de las mujeres. Al punto que, cuando los derechos humanos y la dignidad de las mujeres no son respetados, la sociedad crea y favorece su vulnerabilidad al VIH”. Jonathan Mann, Decidamos, 1995.
El VIH y el SIDA reflejan una vez más los aspectos de desigualdad que viven mujeres y hombres en nuestro mundo. Los reportes internacionales nos recuerdan que, una década atrás, las mujeres estaban en la periferia de esta pandemia y ahora están en el epicentro de la misma. Las preguntas surgen y los temas se entrelazan en la búsqueda de mayores y mejores respuestas a esta realidad. Abordar los factores que hacen a las mujeres más vulnerables al VIH y el SIDA constituye un reto pendiente, tal es el caso del tema de la violencia basada en género. Recordemos que incorporar la perspectiva de género y el VIH y el SIDA es reconocer que la discriminación contra las mujeres constituye un factor determinante en sus vidas porque no les permite tomar decisiones con autonomía y libertad, en los planos de la sexualidad y las relaciones de pareja. Algunos informes reportan que la relación de la violencia y el VIH y SIDA es paradójica. Esto es así ya que la misma puede ser tanto causa como consecuencia de la transmisión del VIH. Este vínculo demuestra que la violencia, y en particular el abuso sexual durante la niñez, conduce a varios comportamientos de riesgo asociados con un mayor nivel de riesgo de contraer el VIH, incluyendo el abuso de drogas y alcohol, la iniciación sexual temprana, las parejas sexuales múltiples, el sexo no protegido y la prostitución. Por ejemplo, las mujeres que son violadas por desconocidos tienen muy poco control sobre el uso del condón. Sin embargo, estar casada, o convivir con la pareja, ser monógama y/o tener una relación estable, no garantiza que una mujer se vea libre de contraer el VIH. Para aquellas mujeres que son víctimas de relaciones violentas continuas, negociar el uso del condón también puede ser difícil. La amenaza constante de violencia sirve para lograr que una mujer se sienta vulnerable y permita que el hombre mantenga el control de las decisiones sobre tener o no tener sexo. Es sabido que, en lugares donde la violencia se ve como un derecho del hombre sobre su pareja, las mujeres se ven imposibilitadas a cuestionarles sobre sus encuentros sexuales extramaritales (o los mensajes socializadores hacen asumirlo como parte del “ser hombre”), negarse a tener sexo, aun cuando ellos vivan con el VIH. La violencia es una consecuencia de VIH ya que, cuando la mujer revela que está viviendo con el virus, puede ser atacada o excluída de la sociedad a causa del estigma que ha acarreado sobre su familia. A muchas mujeres se las acusa de ser la fuente de transmisión del VIH, ya que frecuentemente las mujeres embarazadas son sometidas a test de VIH y por lo tanto tienen más probabilidad de ser diagnosticada que sus compañeros. Muchas veces temen de las respuestas de su pareja y, por esta razón, quizás no busquen consejería o la prueba del VIH, no revelen su situación, o no sigan el tratamiento médico prescrito. La desigualdad de poder que tradicionalmente han desfavorecido a las mujeres, junto con la dificultad de muchas de ellas para acceder al ingreso, la educación, la información o la atención adecuada de la salud, se combinan para formar un cuadro de escasa capacidad para hacer visible su situación y negociar derechos, tanto en la vida doméstica como en las áreas públicas. Necesitamos reconocer que la mayoría de las mujeres de nuestra región se encuentra en esta situación, lo que las coloca en un lugar de gran vulnerabilidad frente a la posibilidad de contagio de infecciones de transmisión sexual (ITS) y VIH, no solo en prácticas, sino, en general, en una vida marcada por el riesgo. Como destaca ONUSIDA: “El SIDA en la mujer evidencia con mayor claridad los problemas de discriminación y desigualdad que atraviesan las mujeres de todos los países del mundo y a todos los niveles: sociocultural, económico y político, dificultando acciones preventivas que parten de la autoprotección”. En general, en una relación de pareja donde las mujeres tengan menos poder para controlar las relaciones sexuales y el uso del preservativo, tendrán menos capacidad para protegerse del VIH. Esta dependencia obstaculiza la toma de decisiones y la posibilidad de exigir la prevención al interior de las parejas. Según ONUSIDA, las estrategias para mejorar las condiciones de la mujer pasan por combatir la falta de información, contar con servicios adecuados, métodos de prevención que dependan de las mujeres, fortalecer programas de desarrollo económico en las mujeres y de equidad de genero, y diseñar políticas que tiendan a disminuir la vulnerabilidad. Es sabido que los métodos controlados por las mujeres pueden aumentar las posibilidades de salvar sus vidas, sin embargo, el tema del VIH y el SIDA, y éste vinculado a la violencia, es complejo. Es necesario reconocer esta interrelación ya que nos hace más capaces de hacer frente tanto a la pandemia como a revertir su progresión. Nos abre, a la vez, una oportunidad de fortalecer el abordaje en los temas subyacentes de la violencia hacia mujeres y las inequidades de género para asegurar la salud sexual y la salud reproductiva de las mismas y su bienestar general. (*) Wendy Alba Mendoza: técnica de acción política de la Colectiva Mujer y Salud.
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