Las Provincias Del Alma PDF Imprimir E-Mail
Por Lydia Cacho   

Image La historia contada en este libro es real. Soledad no era una mujer, eran tres mexicanas a quienes conocí durante mi trabajo con personas que viven y mueren diariamente con el virus de inmunodeficiencia humana.

Nunca he creído en realidad que se pueda escribir un libro para que el o la lectora guste de él. Estoy convencida de que en cada novela hay una intención primaria: aquella que responde al espíritu de la obsesión que nos mueve a escribir sin descanso, a desvelarnos ante la imposibilidad de dejar a nuestros personajes a medio llanto, o a punto de sonreír al ver entrar por el zaguán de su vida a la esperanza o al amor... Escribimos para darles voz a quienes están en el silencio de la vida diaria ocupadas en trazar su rumbo, buscando su Norte y a veces perdiendo el horizonte al navegar entre las horas y los días.

Las provincias del alma es una novela cotidiana, es la reflexión de una mujer que representa a tres mexicanas, a mil africanas, a quinientas hindúes, a cien norteamericanas e igual número de europeas. Es la búsqueda de respuestas lejos de toda pretensión filosófica o aleccionadora, son las palabras dictadas a mí por mujeres de todas partes, que en su cotidiano existir pasan la vida entre los hijos, las sábanas y los sartenes sin preguntarse gran cosa; mujeres que repentinamente despiertan a la vida en un golpe de realismo insospechado que ninguna esperaba.

Con este libro no busco explicar nada; en realidad me ha servido para encontrar algunas respuestas en la voz de otras mujeres.

En noviembre de 1999 estuve en Dakar, Senegal. Invitada por UNIFEM y CIMAC a un taller sobre derechos humanos, género y VIH/SIDA. El Africa Negra es el continente con mayor número de personas seropositivas. Existen comunidades en las que la población entera es portadora del virus. Allí, durante el taller aprendí una frase políticamente correcta: “Ya no decimos mujeres que mueren de sida, o que tienen sida, ahora debemos decir “Mujeres que viven con VIH”. De esta manera les damos la esperanza de que pueden vivir una larga existencia a pesar de estar infectadas.

Las mujeres a quienes vi morir en México, no vivían con VIH, mueren todos los días con él, por él y por el dolor de los prejuicios sociales, la ignorancia y las carencias en los servicios médicos. 

Desearía poder escribir, para satisfacer a quienes inventan las formas políticas de expresarse, una novela en la que las mujeres todas conocen sus cuerpos, asumen su responsabilidad y exigen que su esposo utilice preservativo a pesar de amarlo.

Quisiera poder narrar historias en las que hombres y mujeres somos más conscientes de la realidad y confrontamos temas como la fidelidad del amor casi siempre monógamo y el sexo casual seguro; construir personajes fabulosos y mundos ideales en los que la medicina tiene respuestas para todo.

Un mundo en el cual los gobiernos están interesados en crear políticas públicas que les proporcionen calidad de vida a los millones de personas portadoras del virus; y que favorezcan la tolerancia a las preferencias sexuales de otros y otras, políticas que promuevan la educación ante todo.

Pero no, este no es un libro ideal. Es una historia simple, una reflexión humana en voz de una mujer que se fue muriendo un poco por la enfermedad del cuerpo y otro poco por la del alma; esa afección intangible ya tan común que padecen quienes andan por el mundo como si fuesen inmunes a la muerte y al dolor ajeno, ese mal que nos ha convertido en ciegos y ciegas de la realidad social.

De no haber ganado el premio DEMAC, este manuscrito probablemente nunca hubiese visto la luz de la imprenta. Estuvo en manos de varias casas editoriales importantes. De una de ellas recibí una carta que aún conservo. En la misiva me aseguran que la obra tiene una buena calidad literaria y un estilo claro e interesante, “es incluso conmovedora” decían, pero no puede ser publicada por nosotros, puesto que no es un tema de interés general.

Agradezco pues, a quienes eligieron bajo el pseudónimo del mote cariñoso de mi abuelo Zeca, premiar esta breve novela para ser publicada; puesto que bajo el nombre ficticio de Soledad se encuentran dibujadas las voces de las mujeres para quienes el tema del sida en la pareja sí hubiese sido importante.


La autora
Junio del año 2000


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