Al margen del impacto provocado por la película de Aglisberto Meléndez, "Pasaje de Ida", estrenada en Santo Domingo en 1989 y que con independencia de su valor cinematográfico demostró que la posibilidad de hacer cine en nuestro país no era una pretensión sin fundamento, ningún otro proyecto confirmó tal posibilidad hasta que, seis años más tarde, Angel Muñiz estrenó su película Nueba Yol.
Nueba Yol, comedia romántica que gira en torno a la problemática de la migración y que aprovechaba un popular personaje de la televisión local, (Balbuena), obtuvo, al igual que "Pasaje de Ida" algunos premios internacionales y desató, a partir de su éxito, una secuela de intentos, la mayoría de los cuales trató de aplicar la misma fórmula que a Muñiz le había funcionado: una comedia con fuerte acento dominicano. "Cuatro hombres y un ataúd" de Pericles Mejía, no tuvo, sin embargo, muy buena acogida, como tampoco la tuvo el intento de Jorge Lendenborg por introducir una película en la línea del thriller y, especialmente, la película "Para vivir o morir", drama de Radel Villalona, que fue el más estrepitoso fiasco hasta el punto de que hubo que reconstruir la película. Todos estos esfuerzos y algunos otros aún menos relevantes no lograron ni siquiera recuperar las inversiones y, como consecuencia, vinieron unos años en los que ningún otro proyecto cinematográfico nacional osó disputar taquilla y público al cine comercial estadounidense en el país. En 1998, volvió Angel Muñiz con "Nueba Yol3", porque "nunca segundas partes fueron buenas" y, aunque la nueva película de Muñiz, repitiendo la fórmula, resultó como producto una película más sólida, no tuvo, sin embargo, el éxito de la primera, a pesar de que amortizó los gastos y dejó, incluso, una mínima ganancia. Tampoco el medio parecía recuperado para nuevos intentos y nadie se arriesgó a producir una nueva película hasta que, el propio Muñiz, en el 2003, volvió con una nueva comedia "Perico Ripiao", a abarrotar las salas dominicanas. El éxito de Muñiz provocó una nueva oleada de filmes incorporándose al negocio algunos inversionistas locales. Casi simultáneamente a la presentación de la tercera película de Muñiz se presentaba "Exito por intercambio", de Miguel Vásquez, que se mantuvo en una discreta línea de crítica y público, y que fue seguida por otros proyectos de los cuales los más comentados han sido el drama: "La cárcel de La Victoria", dirigida y escrita por el español Pinky Pintor, que resultó un fiasco comercial además de ser vapuleada por la crítica. "Negocios son negocios", en el género de comedia, pasó sin pena ni gloria, estrenándose en estos días la película de Luisito Martí "Los locos también piensan", y a la espera de la película de Félix Germán "La maldición del padre Cardona". Se apunta, para dentro de un año, la película en dibujo animado "Boquechivo presidente", sobre los personajes de Harol Priego y con guión de Koldo y algunos otros proyectos todavía formándose. Al margen del respaldo estatal que para el cine tiene la creación de la Dirección Nacional de Cine, en manos de Félix Manuel Lora y Arturo Rodríguez, la industria cinematográfica en el país requiere dos condiciones sin las cuales, cualquier esfuerzo que se haga resultará baldío: confianza y criterio. Confianza de inversionistas que entiendan que el cine es un negocio y que, como tal, puede depararles las ganancias que ambicionan como empresarios, al tiempo de estar contribuyendo con un renglón fundamental de la cultura; y criterio de los productores a la hora de seleccionar y armar proyectos. Todavía no se aprecia por parte de los inversionistas un respaldo efectivo de ésta que, no por casualidad, también se llama "industria". Excepto casos, muy particulares, no ha habido un respaldo a proyectos propios por parte de quienes manejan los recursos capaces de hacer realidad el sueño de tantos cineastas. En relación al criterio, tampoco se observa el rigor necesario y, como ya ocurriera antes, se improvisan guionistas y directores al vapor, atrayendo las pocas inversiones existentes y generando verdaderos tollos que sólo sirven para desalentar a los inversionistas más arriesgados. Cualquiera sabe de no pocos avivatos que, de un día para otro, se acuestan empleados de una oficina pública y se despiertan transformados en Steven Spilder, con los resultados que es fácil de suponer. Ni siquiera el más osado optimismo puede convertir en guionista a quien hasta ayer era un simple emborronador de cuartillas, o en director de cine a quien no cuenta con más antecedentes que las fotografías de su Polaroid. Nuestro medio, sin embargo, conoce no pocos antecedentes de genios del transformismo cuya principal virtud es el autobombo y una ilimitada capacidad para el allante, que se sacan obras maestras de las orejas con más facilidad que cera de los oídos y a cuyos desbarres se debe que algunos interesados en la inversión cinematográfica, opten por la retirada luego de ver los resultados. Nuestro país cuenta con brillantes profesionales en todos los renglones artísticos que han hecho posible el cine, desde la actuación, hasta la fotografía, pasando por producción, dirección o los guiones. Sólo hay que aplicar el sentido común, el mismo que usamos cuando se nos estropea la llave del agua y llamamos a un plomero, no a un economista, o cuando tenemos un problema eléctrico para lo que parece mejor opción llamar a un electricista que a un modista. De igual forma, en el cine sólo habría que contratar los profesionales capaces de hacer un trabajo "profesional", un guionista para que escriba, un director para que dirija y a actores para que den voz y cuerpo a la historia propuesta, y así evitar después los ridículos que pasamos por creer que escribir o dirigir está al alcance cualquier saltapatrás que lo pretenda sin antes tomarse la molestia del "trabajo", sin antes pasar por el "oficio". Claro que nadie discute la libertad que a cualquiera le asiste de invertir, producir, escribir y dirigir un adefesio, pero las consecuencias suelen ser el repliegue de una industria que no puede nacer con tan mal nombre.Igual que la denominación de orígen en los vinos tiene como objetivo separar el grano de la paja y alertar al consumidor para que no equivoque ni gasto ni gusto, unos cuantos bodrios en celuloide de un cine, como el dominicano, que está en sus iniocios, sólo provocaría la mala fama para el sector y el descrédito futuro de cualquier loable esfuerzo. Todavía pesa en la memoria colectiva del aficionado al cine, a pesar de las obras maestras que ha producido el cine español en los últimos diez años, la etiqueta de "españolada" para calificar buena parte de las porquerías que se filmaron en los años setenta y que aún condiciona el quehacer actual de aquella industria. El cine dominicano necesita, además de confianza y criterio, propuestas más osadas, así sea comedia. Decía la actriz dominicana Zoe Saldaña refiriéndose al cine estadounidense que estaba harta de ir al cine y no ver cine. Hay que evitar que nadie, luego de ver una película dominicana también se lamente, a la salida de la sala, de no haber visto "cine". Vota por este artículo: Votar (0) >> ¿Qué es esto?
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