El incidente suscitó todo tipo de comentarios, algunos muy serios y otros rayanos en la pacatería y la superficialidad. El hecho, sin embargo, amerita un análisis que trascienda lo folclórico y se adentre en las causales verdaderas tanto del hecho como del abordaje que se hizo de el en los medios.
En estas páginas Patricia Solano y Sara Pérez cumplen con la responsabilidad de ir al fondo, en un lenguaje profesionalmente superior.
Cuando el hábil transeúnte de la avenida Abraham Lincoln captó con su celular las imágenes de un par de muchachas que ofrecían un espectáculo nocturno, no sabía que con su audacia estaba retratando la sociedad. Las fílmicas de unas escenas eróticas, lésbicas, por demás, han ofrecido un magnífico pretexto para rasgarse las vestiduras entre proclamas moralistas, y una vez más, ignorar olímpicamente las razones de un fracaso de país que se pierde en el análisis superficial de todo cuanto le acontece. El primer retrato es sexista: la identificación de las chicas, sus nombres y sus fotografías publicadas en los periódicos, incluso con datos de antecedentes delictivos. El dueño del vehículo y el promotor del espectáculo (porque eso queda claro; a las chicas las llevaron al escenario) tardan más en aparecer, de hecho, quizá nunca les veamos las caras. El segundo retrato es clasista: salen en el periódico porque son muchachas de Herrera. Si fueran de Piantini, no salen; suficientes mecanismos existen para impedirlo. El tercer retrato es más complicado, pero no deja de ser contundente al establecer el siguiente contraste: en los barrios pobres, los delincuentes entierran a los capos pandilleros, es decir, a sus héroes, con la bandera nacional. En las zonas de clase alta, los ricos aplauden escenas públicas de sexo y entre tragos, se divierten. Hay un sentido patriótico entre aquellos (equivocados, por supuesto) que entre estos no se observa. Su hedonismo es el mismo de las élites que han hecho esta sociedad sin ley el perfecto terreno para divertirse como les parezca. Y esa es la gran foto, la imagen completa que nadie quiere ver. Cuando hace poco más de un año en esa misma avenida Lincoln desfilaron desnudos unos jovenzuelos se armó la misma alharaca de espanto y se habló de “atentado al pudor”. Para esa misma época, la sociedad dominicana acababa de hacer un striptease moral y ético al conocerse hasta dónde y hasta quiénes habían llegado los sobornos del caso BANINTER. Jueces, curas, presidentes, senadores, generales, coroneles y periodistas, todos en cueros ante la sociedad y el debate, sin embargo, se perdió en interminables discusiones jurídicas técnicas alrededor de unos ricos impúdicos que se robaron una cantidad grosera de dinero ajeno y a quienes finalmente los tecnicismos sacaron de la cárcel (algunos nunca pasaron siquiera por ahí) y les devolvieron gran parte de sus mal habidos bienes. Hubo incluso entre los acusadores quienes aprovecharon para hacer magníficos negocios cobrando impúdicas sumas por concepto de honorarios, el otro striptease. Pero nuestra sociedad prefiere gastar energías en castigar pequeños episodios que retan el puritanismo y poner las esposas a chivos expiatorios que sirven perfectamente para distraerse de la dura realidad. Si son mujeres, y encima pobres, mejor: es más fácil sacarles el jugo por ser más vulnerables. Cuando cayó la dictadura en 1961 la República Dominicana tuvo una magnífica oportunidad de fundar de una vez por todas un estado organizado y decente. La perdió con el golpe del 63, supuestamente contra el comunismo, cuando la verdad es que fue idea de una clase irresponsable que tomó el poder para hacer negocios. La corrupción de la época se manifestó en grandes ventajas económicas tanto para empresarios como para el grupo militar dominante. De ahí en adelante, todo fue negocios. Para un grupo, las ganancias de quien comercia sin ley y con todas las ventajas a su favor; para el pueblo, el abandono de la escuela pública, de la justicia, de la salud, y ni pensar en un plan de seguridad social inexistente incluso hasta el día de hoy. Instauraron un país sin ley, y las élites dirigentes ofrecieron su complicidad siempre y cuando se les asegurara algún tipo de privilegio. No les importó la velocidad con que se ahondaba la brecha social y la desigualdad con tal de mantener esos privilegios y seguir negociando con ventaja. Hoy, cuando la delincuencia ha llegado a la Avenida Anacaona esas élites se horrorizan. Son las mismas que no han querido pagar impuestos y sobornan a quien haya que sobornar para salir a flote, pero se horrorizan de unas nalgas al aire. Hoy, cuando un proxeneta monta un espectáculo en una avenida de clase alta, las mismas élites que promueven legisladores que trafican con gente y con todo tipo de cosas, las mismas élites que les dan dinero a esos legisladores para luego poder influir en cada levantada de mano se horrorizan por el espectáculo que “ofende la moral de las buenas familias”. Aquí lo que pasó es que lo de las buenas familias es una mentira. No hay buenas familias. Todos nos encueramos de distintas maneras, y hasta que empecemos, socialmente hablando, a taparnos las partes pudendas, por favor, no hagan el circo romano con jovencitas que actúan por paga. Esas piedras que les tiran han roto hace rato los miles de cristales del techo colectivo.
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