Ni magias ni milagros: basta abrir los ojos PDF Imprimir E-Mail
Por Angel Pichardo Almonte   

Una frase común dicha por los profesores de semiología médica y de las ciencias de la salud a los médicos y médicas en formación afirma que “en medicina, diagnóstico que no se piensa, diagnóstico que no se hace”. Con ella se aspira a destacar que el personal de salud debe estar abierto a las diferentes posibilidades de una patología, y que pensar en tal o cual entidad clínica permitiría indagar sobre los signos y síntomas característicos de la patología que “se está buscando”.
 

Partiendo de esta premisa es importante plantear que si el personal de salud no está sensibilizado y/o capacitado sobre las causas y repercusiones de la Violencia Basada en Género (VBG), su diagnóstico, basado sólo en ver signos y síntomas de una patología en particular, se verá sesgado por esta deficiencia en su formación médico/profesional.

Esta ausencia de integralidad en la formación del personal de salud es una carencia implícita que caracteriza el sistema de atención en salud que, de por sí, se plantea con fuertes prejuicios cuando de perspectiva de género se trata. Desde su nacimiento, consolidación y validación social, la ciencia médica ha sido una de las armas más poderosas de la ideología sexista.(Orbach)

Es necesario visibilizar las particularidades de las mujeres en su proceso de salud, pues si el sistema de salud “no piensa” en estas particularidades, jamás podrá hacer el diagnóstico basado en estas realidades específicas de las mujeres que podrían estar determinando su proceso (patológico).

La clínica no mira a la violencia basada en género

Un ejemplo de esta situación lo constituye la incapacidad que tienen los profesionales y las profesionales de la salud de vincular entidades clínicas tales como hipertensión arterial, diabetes, depresión, etcétera, o manifestaciones clínicas como dificultad respiratoria, dolor toráxico, dismenorrea, entre otras, con la exposición de las mujeres a episodios de violencia, y esto de cierta forma contribuye a la invisibilización de la violencia de género, y fortalece la creencia de que las “enfermedades” de las mujeres dependen de su cuerpo , predispuesto para las enfermedades, y que describe a la mujer como un sujeto enfermo(Orbach).

Una de las responsabilidades sociales de la ciencia médica debe ser contribuir a la erradicación de la VBG reconociendo que toda situación de violencia genera tristeza, miedo y terror, y estos estados emocionales “al ser estimulados en forma repentina, fuerte y permanente, pueden causar trastornos en las funciones de los órganos y vísceras”(medicina tradicional china).

Y es que la concepción ideológica predominante en las ciencias de la salud es androcéntrica, en el sentido de que todavía no se han vencido las barreras de una atención concebida a partir de la fortaleza y vigor del cuerpo masculino invisibilizando, también, los procesos sociales asociados a la salud de los hombres, afectados de entidades clínicas que están relacionadas a su construcción social, de ser Hombres. (Pichardo).

En este sentido, es evidente que la atención en salud “privilegia“ la atención a mujeres, niños y niñas fortaleciendo esa imagen social de ver los procesos patológicos en los cuerpos de “los más débiles”.

A la concepción androcéntrica se agrega, además, la visión mecanicista de la atención en salud occidental que desvincula el cuerpo de los seres humanos de la relación armoniosa con la naturaleza y la sociedad y los convierte en máquinas que al presentar “imperfecciones” deben ser abordadas directamente como “la máquina” que se dañó y que debe repararse lo que anda mal. La característica básica del cambio desde un mundo medieval a uno moderno, fue el surgimiento de lo que se ha llamado la filosofía mecanicista, la idea de que todo en el mundo está compuesto de partículas de materia y opera según el modelo de una máquina.(Berman)

No hay registro de sentimientos ni sensaciones

Este proceso de mecanicismo tiene su máxima expresión, no sólo en el abordaje de la situación de salud, sino también en los procesos diagnósticos avanzados y los abordajes farmacológicos de punta. Su intención es cada vez más concentrarse en la precisión del órgano, y cada vez menos en la relación del órgano con un sistema, del sistema con un cuerpo, del cuerpo con un ser humano, y de un ser humano como ente social que vivencia relaciones que en muchos de los casos son relaciones violentas.

La enfermedad dejó de ser considerada un disturbio que envuelve una totalidad biológica insertada en un contexto socio-cultural (…) y pasó a ser diagnosticada con miras a exclusivamente la correlación objetiva de síntomas, siendo considerado irrelevante el registro de los sentimientos y de las sensaciones subjetivas del paciente acerca de su enfermedad. (Queiroz)

Predomina la concepción androcéntrica de la atención

En este contexto, se hace importante considerar el comportamiento de la participación de hombres y mujeres en el llamado sistema formal de atención a la salud. Por muchos años, este ejercicio se vinculaba al quehacer profesional de hombres ilustrados, quienes disfrutaban de un alto reconocimiento social.

Al pasar de los años y con la inserción de las mujeres a los diferentes ámbitos profesionales, la atención a la salud se ha feminizado: más de 12 millones de personas integran los servicios de salud en el hemisferio; de éstas, el 70% son mujeres. (Según datos del Observatorio de Recursos Humanos de la OPS). No ha ocurrido lo mismo con la concepción ideológica de esta atención, lo que significa que la concepción ideológica androcéntrica predomina más allá de la denominada feminización de la salud.

Es decir, mujeres atienden a mujeres guiadas por la ideología androcéntrica, mecanicista. Esto incluso muestra que no necesariamente el que más mujeres accedan a puestos en los servicios de salud implica que el enfoque médico tomará en cuenta las necesidades particulares de las mujeres.

Esa misma ausencia de ver el vínculo de lo humano a lo social, impide a los y las profesionales de la salud preguntar y pensar qué está pasando en la vida de las personas, de qué formas ellas están vivenciando sus relaciones; preguntarse y revalorizar las emociones y sentimientos como determinantes, también, de los procesos de salud y situaciones adversas que puedan estar afectando la vida de la gente impidiendo el máximo disfrute de sus relaciones en armonía con la vida, para contribuir así a un desarrollo pleno.

En conclusión, si para el sistema de atención en salud no existe o no se le da la importancia a la Violencia Basada en Género, se hará difícil, casi imposible, la recolección de información género-sensible. Por tanto, todo perfil desarrollado desde esta práctica médico/profesional invisibilizará per sé la VBG.


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Angel Pichardo Almonte
Acerca del/a autor/a:
Médico, profesor universitario e investigador social


 

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