RAREADING, PA. El director de El Nacional, Radhamés Gómez Pepín, escribió el pasado jueves 20, un artículo en el que se refiere al caso de las muchachas que escenificaron en la avenida Lincoln, un animado intercambio de sexo oral, encaramadas sobre una yipeta y en presencia de numerosos espectadores.
Radhamés sanciona las actuaciones de las jóvenes involucradas, a la vez que cuestiona la acción de las autoridades, que con una “prisa digna de mejores usos”, revelaron los nombres y repartieron fotos de las acusadas. El director explica que esa disposición a identificar a las muchachas está relacionada con el estrato social al que éstas pertenecen y contrasta con la discreción y el encubrimiento, con que esas mismas autoridades manejan delitos y crímenes cuando los protagonistas pertenecen a sectores sociales privilegiados o son protegidos por grupos en el poder. Estoy absolutamente de acuerdo con Radhamés, en una parte de su interpretación de la actitud de la Policía. Las chicas fueron identificadas porque no eran “jevitas”, hijas de papi y mami, sino unas vulnerables “jodidas”, sobre las que se puede caer sin mayores consecuencias. Sin embargo, también pienso que influyó el que se tratara de un acto de lesbianismo, ante el que la inepta, corrupta y primitiva Policía dominicana, se creyó en libertad de actuar como le dio la gana, contando con el aplauso de una sociedad prejuiciosa, gazmoña e hipócrita, con una doble moral, que le permite regatear una bandera para el sepelio a un delincuente de baja estofa, pero que asiste imperturbable cuando el enterrado con la bandera es un delincuente de cuello blanco. Para defender a Quirino, el acusado del trasiego de 1,387 kilos de cocaína, sobran abogados, que reclaman el cumplimiento del “debido proceso”. Es curioso que en el caso de las chicas de la Lincoln, antes de exigir que se les sancione ejemplarmente, nadie haya preguntado si se ha seguido el “debido proceso”. ¿Será que se necesita tener la fortuna de Quirino para que el “proceso” sea el “debido”? En realidad, no me adhiero (entre otras razones, por la escasa confortabilidad), a quienes optan por tener sexo encima de yipetas, con más de una contraparte y en presencia de testigos. Si me preguntaran por lo idóneo, resultaría aburridísimamente convencional: en privado, en una cama y con un hombre específico. Sin embargo, tampoco creo que las alternativas, incluyendo el sexo en público, justifiquen una indignación que tanta falta ha hecho para otras causas verdaderamente relevantes. Arman tanto escándalo, porque se solazan regodeándose en el morbo del chisme. En el fondo, lo que les mortifica, no es la “impudicia” del exhibicionismo, sino el desafío de lo lésbico. Si emplearan un 10 por ciento de esa capacidad de reacción para defender al país, otra sería la historia. Si estuviesen seriamente dispuestos a sancionar lo obsceno, tendrían que empezar por clausurar El Congreso. Es bueno consignar, ante la escandalizada (e, irónicamente, rigosísima), sociedad dominicana, que los actos sexuales en sí (heterosexuales y homosexuales), son acontecimientos naturales, que resultan bastante comunes y frecuentemente placenteros y que no tienen nada de reprensibles, si los participantes son personas adultas, actuando voluntariamente y sin poner en riesgo a sus compañeros. Para quienes no se hayan enterado, el sexo es una actividad buenísima, en la que una apreciable mayoría se involucra con justificada impaciencia y entendible entusiasmo, en busca de diversión y placer, más que de reproducción, lo cual, aunque contradiga al catecismo, es un derecho que los seres humanos insisten en ejercer. En realidad, el hecho de que el amor se haga más para gozar que para tener hijos, es uno de los poquísimos indicios de la superioridad de la especie humana sobre el resto de los animales que habitan La Tierra. Si todos los actos sexuales de los humanos tuvieran por objetivo la reproducción, el carácter de plaga de la humanidad, habría llegado ya a un punto sin retorno, aunque de todas formas, no creo que estemos muy lejos de ese punto. Creo que adoptar una perspectiva más liberal, más informada, más educada, menos prejuiciada y menos azorada sobre las actividades sexuales resultaría de lo más saludable y gratificante para todo el mundo. Al mismo tiempo, lo que debe castigarse como crimen es el abuso de poder, incluyendo el abuso que tiene expresión sexual, categoría en la que caben, las violaciones y la pederastia y que conecta directamente con esa violencia de género e intrafamiliar, que progresa donde quiera que prime la visión de las mujres, niños y niñas, como pertenencias, utensilios y/o subordinados de cuyas vidas se tiene el derecho a disponer. Esto último permite hacer algunos paralelismos reveladores. ¿Tiene derecho a escandalizarse por unas mujeres desnudas que hacen el amor en público la misma sociedad que permanece indiferente ante los asesinatos de miles de mujeres a manos de pretendientes, novios, maridos y exmaridos? ¿Es más inmoral la exposición de un pubis húmedo de saliva, que los olvidados orificios sangrantes de 1000 puñaladas, 1000 balazos, 1000 batazos, 1000 estrangulamientos? ¿Ofenden más a la sociedad dominicana las caricias en público de tres jóvenes que parecían actuar sin coerción evidente, que la violación en privado de más de 20 niños y niñas en un refugio de Higüey, dirigido por la Iglesia Católica y cuyos primeros casos fueron conocidos hace más de dos años, sin que a nadie le sobrara una gota de responsabilidad, una pizca de dedicación y cuidado, un milímetro de compasión, para evitar el desenlace? ¿La conciencia dominicana se indigna más con las tres mujeres, quizás instrumentalizadas (lo que, desde mi punto de vista, sería lo fundamentalmente cuestionable del episodio), que ante la permanente bacanal, el eterno desenfreno, la perpetua orgía de ineptitud, deshonestidad e impunidad, de las cúpulas que dirigen y sangran al país? No es por llevar la contraria, pero ¿no les parece que entre todos los acontcimientos destapados en la República Dominicana (digamos que recientemente, para no batir demasiado el cobre), una pequeña exhibición lésbica en medio de la calle, quizás sea un enigmático y poético contrapunto?
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