¿Qué pasó con aquel despegue de la conciencia? PDF Imprimir E-Mail
Por Patricia Solano   

A siete años de distancia de Beijing 95, el cartel alusivo a aquel año inolvidable no sólo provoca los recuerdos del intenso activismo de entonces. La reflexión es inevitable.

Bordeando el tallo de un espigado girasol, cuyo centro es un ojo que mira el mundo, la frase inspiradora que aquel año nos sirvió de consigna parece hoy un grito de desmesurado optimismo: “el nuevo milenio es nuestro”.A nadie se le ocurra acusar de ilusas a quienes se inventaron la frase; hay que situarse en aquel momento. En 1994 se había firmado la convención de Belem do Pará que comprometía a los gobiernos de este hemisferio a instaurar leyes y mecanismos contra la violencia de género. Las dominicanas habíamos tomado aquel acuerdo como una bandera que no paró de agitarse hasta lograr en 1997 la promulgación de la modificación del Código Penal. Ello fue posible gracias a que en el Congreso 9498 coincidió el más estratégico grupo de legisladoras que hayamos tenido jamás: 16 diputadas y una senadora con suficiente conciencia y perspectiva de género como para situarlas por encima de sus banderas partidistas en favor del avance de las mujeres y el respeto a sus derechos fundamentales.

En general, la década de los 90 fue de franco avance para las dominicanas. Fue el decenio de la cuota de participación política, de las consignas “Hay que atreverse” y “La política también es cosa de mujeres”; de la reforma agraria para las mujeres y el reconocimiento de los derechos de las parceleras. Fue la época de la modificación del código laboral que integraba importantes reivindicaciones para las madres trabajadoras.

Algunas batallas aparentemente perdidas, como el proyecto de ley de las estancias infantiles, dejaron al menos semillas que hoy germinan lentamente. Obviamente, los logros más visibles ocurrieron en el ámbito jurídico. Otros logros, lentos, pero evidentes, emergieron en las páginas de los periódicos.

Una mirada rápida a las noticias que reportan hechos de violencia contra niñas y mujeres, publicadas en los periódicos nacionales entre 1990 y 1995, revela un cambio notable en el tratamiento y en el discurso. Fondo y forma experimentaron cambios.

La violencia de género empezó a aparecer tímidamente en la agenda pública, porque gente pública de diversos sectores de la sociedad empezó a nombrar el problema. Demagogia o no, desde el ámbito político partidista hubo pronunciamientos, y esto fue positivo.

Entre periodistas, no cabe duda de que los talleres de sensibilización impartidos por entidades no gubernamentales y organismos internacionales lograron cierto impacto.

Páginas completas con buenos abordajes aparecieron fuera de las fechas emblemáticas, y se hicieron análisis en base a declaraciones de profesionales, trabajos que sin duda contribuyeron a ejercer presión para que el Estado creara mecanismos y trazara políticas para aplicar la ley recién estrenada.

¿Qué pasó con ese despegue de la conciencia? ¿Dónde quedaron aquellas páginas completas cuando la epidemia sigue cada vez más alarmante?

He aquí el nuevo milenio, por fin, y he aquí que nadie se alarma.

Desde el movimiento de mujeres, la reflexión tiene varias aristas. Cuando nuestro objetivo era lograr una ley revolucionaria, el activismo fue vibrante. Hoy está la ley y falta la revolución, pero algo inexplicablemente ha congelado el proceso de forma tal, que casi un centenar de mujeres muere al año luego de haber sido amenazadas ante nuestras narices.

La manera en que esto se reporta en los medios de comunicación es variada y confusa. Los trabajos periodísticos a conciencia son pocos y aislados, porque en un país donde tanta gente opina –tenemos montones de espacios de televisión y radio cuya especialidad se basa exclusivamente en comentar lo que sale en los periódicos la indiferencia sepulta los crímenes en apenas 24 horas.

El “crimen pasional”, que creíamos superado, es nuevamente un recurso retórico para la justificación subliminal. Ello sin que falte, como es ya habitual, la crónica de los vecinos que, asombrados, relatan lo bueno y tranquilo que era el agresor; detalles de una noticia que llega hasta nosotros gracias a periodistas que ante el hecho, salen a buscar una y otra vez, donde se encuentre, la explicación aquella de que los celos vuelven loco a aquel que era de lo más normal.

Quizás el nuevo milenio sea nuestro; la prensa todavía no. La frase es un amargo chiste sabiendo que esta era, la de la globalización, empezó cuando se globalizó la comunicación. Estamos por tanto ante la difusa frontera entre lo real y lo virtual; lo que no está en la pantalla no existe, y no hay más verdad que la que nos llega a través de las vías electrónicas.

Es hora de tomar las páginas de los periódicos, las pantallas de televisión y las ondas hertzianas para mostrar la verdadera cara de la violencia doméstica. Sólo con un trabajo consciente en los medios de comunicación podremos revertir los retrocesos de estos años y tomar nuevamente el ritmo que tantos resultados ofreció durante la pasada década.


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