Tan cuestionable como la visibilización que los medios hacen de las mujeres como víctimas, es la invisibilización de ellas en las actividades que no responden a las dicotomías presentes en el imaginario social.
Quito, Ecuador, octubre de 2002. "Mujer de 40 años asesinada al salir de un baile público. Deja en la orfandad a seis niños". "Mujer de 20 años ultrajada. Caminaba sola por un paraje apartado". "Menor fue violada por su padrastro". Las informaciones, publicados en un respetable medio escrito, de circulación nacional, no identificado con el "sensacionalismo", colocan a tres mujeres como protagonistas y víctimas de hechos en los cuales, implícitamente, ellas fueron las primeras responsables de su suerte, quizá con la excepción del tercer titular, que descarga esa culpabilidad en la madre de la niña. En el primero, porque la asesinada transgredió una variada normativa sociocultural. Se atrevió a ir sola se infiere a un baile público, por la noche; actuó como una mujer frívola pues descuidó a sus hijos; intentó divertirse siendo una cuarentona, es decir alguien que ya perdió el derecho a lo lúdico. En una palabra, se buscó que la mataran. En el otro suceso, también la joven fue imprudente: no midió las consecuencias de transitar sola, sin compañía masculina que la protegiera. Ella, más que el criminal seguramente, fue la culpable de lo que le aconteció. En ambos casos, las víctimas se convirtieron en tales por osar interactuar en la esfera pública, por dejar la tranquilidad y el cobijo del hogar, del mundo doméstico que es el que aún se estima así corresponde a las mujeres, por la división sexual del espacio: "las mujeres son de la casa, el hombre de la calle". En la violación de la niña, la madre ausente, lejos de casa, fue la causante, no el pobrecito padrastro. Pero lo señalado en los dos ejemplos no es el único modo de violentar la imagen pública de las mujeres. En muchas radios de esta capital se trasmite un comercial que promociona los servicios del cajero automático de un banco, a costa de estigmatizar a las mujeres, y de recrear continuamente imágenes estereotipadas sobre ellas. Este es el diálogo, no literal, que se produce en tal publicidad, cuando una mujer detiene a un taxi. Señor, lléveme al cajero más cercano... Buenos días, señora, el cajero... Apresúrese, ¿no ve que estoy atrasada? Pero señora... ¿No me escuchó? Pero señora, el cajero más cercano está en esta cuadra, al frente... ¿Quiere que le lleve? ¡Cómo se le ocurre que voy a tomar un taxi por media cuadra! ¡Que tenga buen día! ¿Trato violento y discriminatorio? Sí. Pues se perpetúa el estereotipo de "bruja", otra de las visiones recurrentes con las que se define a las mujeres, cuando no encajan en el modelo de símbolos sexuales. ¿Y en la televisión? El reportero o la reportera (ello no hace ninguna diferencia) señala el lugar donde fue encontrada la sexta víctima de un asesino en serie, que comenzó a operar desde febrero de este año. La periodista o el periodisto cuenta que las víctimas son todas mujeres indigentes, de corta estatura y con discapacidades físicas o retardo mental. Tras narrar otros detalles escalofriantes, reporta su primicia: fue arrestado ya el primer sospechoso: otro indigente que rondaba el lugar donde fue encontrado el último cadáver. Por cierto, el sospechoso también sufría de algún trastorno de personalidad. El relato televisado se nutre de la información del diario donde constan los nombres de las víctimas: la de 40 años, la de 26, la niña de 12, la mujer de 24, la de 56 y la que permanece inidentificada. Estos ejemplos son cotidianos en los medios masivos de información ecuatorianos. Incluso los diarios más conservadores ahora colocan las informaciones de crónica roja en páginas que denominan "judiciales" y que sitúan en su primera sección, junto a las prestigiosas secciones de actualidad, política e internacionales. También los noticieros televisivos, están iniciando sus transmisiones con noticias de crónica roja. La tendencia se inauguró, años atrás, en los noticieros dominicales y, desde el sentido común, los televidentes se explicaban tal profusión de notas sobre accidentes sangrientos y crímenes por mediar el fin de semana. Además, los canales locales tienen espacios, supuestamente de investigación, donde los reporteros estrellas hurgan los aspectos más sórdidos de algún crimen de impacto, o dramatizan algún hecho de sangre, también del pasado. No faltan las ediciones locales de programas internacionales de crónica roja o de los inscritos en la llamada "televisión real". Por cierto, muchos de estos programas tienen muy altas sintonías y constituyen por ello un filón de ingresos monetarios para los propietarios de las televisoras. La visibilización de las mujeres como víctimas de la violencia se agrava con el ocultamiento o tratamiento diferenciado de los hechos violentos, cuando implican a mujeres educadas, con altos ingresos o con algún grado de prestigio social. Hace unos años, el mismo día fueron asesinadas dos mujeres, en esta ciudad. Uno de los asesinatos aconteció en un barrio urbano marginal, cuando un marido desempleado y ebrio mató a su mujer y a su hija, dizque porque tenía celos de su pareja, que trabajaba en el servicio doméstico. El despliegue mediático se ensañó en mostrar la miseria material en la que desarrollaba su vida aquella familia, y en los rasgos de supuesta anormalidad del criminal. La otra muerte tuvo como escenario el departamento de un edificio de una urbanización privada, en una zona residencial. La víctima fue una ejecutiva, vinculada con la televisión y la política. Apenas unas líneas, escritas en un tono objetivo y racional informaron sobre este suceso, al cual no se le endilgó ningún calificativo. La televisión, por cierto, no reportó tal hecho. Tan cuestionable como la visibilización que los medios hacen de las mujeres como víctimas, es la invisibilización de ellas en las actividades que no responden a las dicotomía presentes en el imaginario social. Es como si los medios solo pudieran hallar interesantes las imágenes de las mujeres que se inscriben como disolutas, perversas, símbolos sexuales, mártires y víctimas o, a lo más, como damas, artífices de los "eventos sociales", permanentes activistas de tés de beneficencia, reinados, desfiles de modas y exposiciones florales. La prevalencia de estas imágenes estereotipadas perpetúa la violencia contra las mujeres, pues mantiene represadas otras visiones, más cercanas con las que un vistazo a las realidades descubre, a quien se acerque a ellas. Quizá el creciente incremento de la matrícula femenina en las carreras de periodismo y comunicación contribuya a modificar las imágenes tan limitadas con las que los medios se permiten visibilizar a las mujeres. Ojalá las mujeres que están llegando a los puestos de decisión en los massmedia puedan desempeñar un papel transformador, y ojalá las consumidoras de medios también creen espacios sistemáticos de cuestionamiento contra estos sexismos. Vota por este artículo: Votar (0) >> ¿Qué es esto?
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