Están orgullosos de ser “machos” y lo demuestran. Creen que han nacido para mandar y para que les sirvan. También, que las mujeres son de su pertenencia. Las golpean sin piedad, las estrellan contra la pared, “porque habla mucho”, “porque no me atiende como debe”. Para ellos, la culpa siempre la tienen ellas.
Después del estallido de violencia, viene el alejamiento, el “arrepentimiento”, las promesas de cambio y la reconciliación. Ese es el ciclo de la violencia. Un ciclo de promesas rotas, que unos días o unas semanas después vuelve a comenzar. Sólo en contadas ocasiones los agresores acuden a terapia. La decisión suele ser coyuntural, tal y como asevera el director de la Casa de la Masculinidad (Camha), Gregorio Martes, una de las pocas instituciones en el país que trabaja con hombres maltratadores. "¿Por qué? Porque las condenas no se cumplen. La ley 2497, que obliga a los agresores a acudir a programas de orientación familiar por un mínimo de seis meses, se viola sistemáticamente”. De hecho, según el artículo 3095 de la citada ley, el tribunal impondrá a los infractores la asistencia obligatoria a programas terapeúticos por un lapso "no menor de seis meses". Martes reconoce que atienden a hombres que deberían de estar en prisión, que a veces sólo “ponen parches” a la violencia de género. Desde 1997 han pasado por allí 250 hombres. Sólo cinco continúan con las terapias. Ni víctimas, ni enfermos Algunos entran a la consulta del psicólogo “engañados” por su esposa. Van “por complacerla”. Otros llegan referidos de diversos centros. Es entonces cuando se sientan en la silla del psicólogo, cargados de reticencias y a la defensiva. De eso saben mucho Gregorio Martes y ángel Pichardo, del programa de Violencia de Género de Intec. En algo están de acuerdo: “Que la atención a las víctimas debe ser lo prioritario y que los maltratadores ni son víctimas ni son enfermos”. Estos profesionales utilizan la “novela de vida”. Les hacen recordar cuánta violencia vieron de niños, cuánta recibieron y cuánta ejercieron. Según Martes, alrededor del 80% de los agresores ha sufrido violencia. Después de estas regresiones a la infancia, muchos hombres lloran. "Es un arrepentimiento, pero sin conciencia", asevera Martes. Tienen pánico de que ella les deje, de quedarse solos, les aterroriza el señalamiento social. Angel Pichardo cuenta un caso de cientos: "Un niño, cuando tenía 11 años, cogió un cuchillo para matar a su padre porque maltrataba a su madre. Años después, ya adulto, confesó: Sí, si ahora mi hijo es el que quiere matarme porque yo maltrato a su mamá”. Tanto Pichardo como Martes desmontan ideas equivocadas. Por ejemplo, la creencia de que el hombre está perdiendo el control cuando golpea a su mujer o a sus hijos. “Les pegan para demostrarles que tienen el poder”. Pichardo intenta, en primer lugar, que ellos dejen de culpar a las mujeres, que se responsabilicen de sus actos, que asuman un compromiso por el cambio. Comenzar de nuevo Todos los que interactúan con hombres maltratadores coinciden en que el cambio es posible, aunque no está exento de baches. Organizaciones como el Grupo Aquelarre, que presta apoyo psicológico a mujeres víctimas de maltrato físico, psicológico y sexual, afirman que el agresor necesita ayuda. “¿De qué sirve apoyar sólo a la víctima, si el hombre queda libre y reproduce los mismos patrones?”, se pregunta Nelly Mejía, psicóloga de esta institución. Algo similar manifiesta Susi Pola, abogada y especialista en género: “Hay que comprometer a los hombres para que rompan su silencio y trabajen con las mujeres en la lucha de la violencia que se ejerce contra ellas”. Acabar con la dominación Esto no se consigue de un día para otro. Camha y el programa de Violencia de Género de Intec coinciden en que, para erradicar la violencia de género, es necesario cambiar el concepto de masculinidad. Terminar con roles como que la ternura y la casa pertenecen a las mujeres y que la agresividad y la calle son de los hombres. Esto supone romper con el androcentrismo, desterrar lo que Pichardo llama “la cultura de la dominación”. Y eso pasa, como él y tantos otros afirman, por la prevención y por la sensibilización en las escuelas, en los hogares y en las comunidades. Para que los niños no repitan los esquemas de sus padres y para que no se amenace con cuchillos bajo las almohadas. Vota por este artículo: Votar (0) >> ¿Qué es esto?
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