Explicar la Homofobia PDF Imprimir E-Mail
Por Marta Lamas   

Recientemente, en México se empieza a hablar de homofobia, no porque apenas se manifieste esa práctica, sino porque ahora es reconocida bajo ese nombre. La homofobia es el miedo irracional la fobia a personas con una práctica sexual homosexual. A veces, el miedo se manifiesta como rechazo, otras se expresa como agresión y unas pocas más implica disgustos ante mujeres "masculinas" y hombres "femeninos", aunque éstos puedan tener una práctica sexual heterosexual. En la homofobia se juegan cuestiones subjetivas, pero básicamente su carga negativa tiene que ver con la concepción dominante que la cultura tiene de la sexualidad.

En todas las sociedades la avasalladora fuerza de la sexualidad, de la pulsión sexual, es celebrada, temida, reglamentada y simbolizada. Cada sociedad establece una distinción entre lo que considera "normal", aceptado como sexualidad sana, y lo que considera "anormal", conceptualizado como sexualidad enferma o problemática. Pero al revisar transhistórica y transculturalmente a todas las sociedades humanas, encontramos que cierta práctica sexual es respetada en unas culturas y en otras es repudiada. De forma sutil e insidiosa, la cultura inviste al acto sexual de cierto significado: valora o denigra algunas conductas. Cuando una sociedad condena determinados tipos de comportamiento, los obliga a llevar una vida subterránea o una existencia clandestina. Como dice Laplantine (1), "Tramos íntegros de una cultura quedan proscritos, excluidos y reprimidos".

Es un hecho que la sexualidad tiene que ver con los placeres de los intercambios corporales. Sin embargo, el mismo intercambio es regulado y reglamentado mediante prohibiciones y sanciones de distinta manera: se encauza la líbido. Por eso, ciertas cuestiones, como la orientación sexual, tienen una dimensión diferente en distintas sociedades. En nuestra cultura judeocristiana, la líbido se encauza a la reproducción; por lo tanto, cualquier búsqueda de placer en sí mismo es condenada. Para no entrar en abierto conflicto con su cultura, con su entorno, con su familia y con ella misma, la persona homosexual suele negar u ocultar su orientación.

Es muy importante explicar cómo ha llegado nuestra cultura a valorar negativamente la homosexualidad. Los nuevos trabajos históricodeconstructivistas han ido mostrando la inexistencia de una sexualidad "natural". El escándalo que generó el primer volumen de la Historia de la Sexualidad (2), de Michel Foucault, radica justamente en el planteamiento de que los seres humanos no siempre vivimos, comprendimos y asumimos la sexualidad como lo hacemos actualmente.

Foucault planteó que la sexualidad no tuvo siempre la posibilidad de caracterizar y construir una identidad con tal poder como ahora; hoy en día, hablar de sexualidad sirve para referirse tanto a las actividades sexuales como a una especie de núcleo psíquico que da sentido o significado a la identidad de cada persona.

La regulación del sexo Foucault registró un corte histórico decisivo entre el régimen sociopolítico anterior al siglo XVIII, donde el sexo existía como atributo, como una actividad y una dimensión de la vida humana, y un régimen moderno, que arranca desde entonces hasta hoy, en donde el sexo se establece como una identidad. Cuando en el siglo XVIII las pestes y las hambrunas empezaron a diezmar a la población, las energías del poder se concentraron en mantener a raya a la muerte y se ocuparon de normar la vida: el sexo regulado aseguraba la reproducción de la vida. Foucault señala que esto se convirtió en algo esencial para el poder jurídico de la temprana Europa moderna. El poder reaccionó defensivamente para preservar la vida y la armonía social sobre la amenaza de la muerte y de la violencia y operó negativamente, imponiendo límites, restricciones y prohibiciones.

Cuando la amenaza de muerte disminuye, hacia finales del siglo XVIII, esas leyes jurídicas se transforman en instancias de poder que generan identidades para ser controladas, favoreciendo así el crecimiento de los regímenes regulatorios.

Para Foucault, esa "reproducción disciplinaria de la vida" fue lo que convirtió a la heterosexualidad en "natural".

La explicación nos toca porque, a pesar de existir otras prácticas y concepciones sexuales en el México prehispánico, los conquistadores españoles impusieron su modelo.

La religión católica, dogma al que había que ajustar la experiencia de todos los seres humanos, argumentaba esencialista y universalistamente sobre la sexualidad sólo como vía para la reproducción. Lo valorado, el fin "natural", era la reproducción, y todo lo demás era pura patología. Todavía hoy, el Vaticano piensa igual: las parejas deben cumplir con el designio divino de tener "todos los hijos que Dios les mande" y la búsqueda de placer sin fines reproductivos es condenada. La represión de la sexualidad es valorada: los "elegidos de Dios" (monjas, curas, obispos, etc.) renuncian a su sexualidad y aceptan la abstinencia como un estado superior.

Desde esa concepción, y con el proceso que Foucault explica, se construye la condena a la sexualidad sin fines reproductivos: desde la masturbación (regar la simiente) hasta la relación homosexual. Si a esto le sumamos la dimensión del género, entendiendo éste no como algo relativo a las mujeres, sino como la simbolización cultural que una sociedad establece a partir de la diferencia sexual, tenemos un cuadro que nos permite comprender el origen de la homofobia.

La legitimación del sexo

La lucha por redefinir una nueva legitimidad sexual tiene que difundir una explicación sobre la homofobia. No basta con denunciar los discursos que imponen significados negativos a las identidades homosexuales. Para enfrentar la homofobia hay que mostrar la genealogía de los arreglos sexuales vigentes y entender cómo opera el sexismo que regula socialmente la vida sexual. Hay que saber que la líbido es idéntica en hombres y mujeres y que es la cultura y no la "naturaleza" la que impone restricciones a las exigencias pulsionales.

La heterosexualidad tiene hegemonía cultural porque, por el peso simbólico de la reproducción, la ideología dominante católica la ha hecho aparecer como la opción "natural", como el mandato de Dios. Pero eso no la hace ni más natural ni menos antinatural que la homosexualidad. A principios de siglo, Freud cuestionó la idea de la heterosexualidad como la manera "natural" de comportarse, argumentando que la líbido es sexualmente indiferenciada. Desde entonces, el psicoanálisis ha mostrado que la pulsión sexual busca su objeto con indiferencia del sexo anatómico y que el deseo humano, al contrario del instinto animal, jamás se colma. El deseo se mueve a través de las elecciones sucesivas, que nunca son decididas de manera autónoma, ya que dichas elecciones le son impuestas al sujeto tanto desde su interior, por sus deseos inconscientes, como desde el exterior, por prescripciones sociales de un orden cultural, o sea, por la ley social.

Sin embargo, las personas que, consecuentes con su estructuración psíquica y con su inconsciente, no someten su deseo al imperativo heterosexual de la ley social, o sea, los homosexuales y las lesbianas que viven abiertamente su orientación, son incomprendidas, estigmatizadas y discriminadas.

¿Qué hacer para combatir la homofobia? Antes que nada, hay que comprender cómo nos estructuramos psíquicamente, cómo opera la cultura como una mediación y, sobre todo, comprender el proceso de la lógica de género por el cual se ha “naturalizado" la heterosexualidad. Hay que aceptar la calidad indiferenciada de la líbido sexual y reconocer la multiplicidad de posiciones de sujeto y de identidades de las mujeres y los hombres. Sólo así podremos cuestionar el pensamiento fundamentalista y aceptar como legítimas, como “naturales", las relaciones sexuales que NO son heterosexuales.

Laplantine dice que en la medida en que una sociedad es intransigente en sus aspiraciones, condena a algunos de sus miembros a conductas marginales. Debemos aspirar a alcanzar una situación en la que la llamada sexualidad desviada deje deser marcada como diferente.

Debemos proponernos alcanzar relaciones sanas, respetuosas, libres, satisfactorias, gozosas, responsables, solidarias, independientemente de si se dan entre personas del mismo sexo o de sexos distintos.


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