"Es necesario que los jóvenes rompan con el esteriotipo de los padres" PDF Imprimir E-Mail
Por Patricia Solano   

Cubano, con varios lustros en República Dominicana, Avelino Fernández es un rostro más que conocido, y con razón. Aparece cada día en uno de los programas de televisión de mayor audiencia en las mañanas, pero a pesar de la fama aún se le percibe como un cura de la frontera, es decir, solidario, de los que trabajan y conviven con la feligresía más pobre y desamparada del país.

Pero Avelino es un comunicador nato; lo era incluso antes de aparecer en la televisión. Desde Pedernales, un municipio del sur profundo donde fue párroco varios años, su voz tronó muchas veces a pesar de la lejanía y el olvido, con la denuncia del tráfico fronterizo de bienes, personas e influencias.

Una serie de enfermedades contraídas debido a las malas condiciones en que vivía en aquel entonces, le obligaron a trasladarse a la capital. Conocido por su claridad al llamar las cosas por su nombre, es invitado a formar parte del programa matutino “El Día”, en el canal 11, donde además de los comentarios sobre política, le ceden un espacio para que cada madrugada dirija un mensaje espiritual que invariablemente aborda el tema de las relaciones familiares.

La responsabilidad paterna, el necesario afecto dentro del núcleo familiar, las expectativas de la gente joven y sus frustraciones son variantes del mensaje que, en unos tres minutos, dirige este cura afable que, sin embargo, puede ser duro contra la negligencia, la irresponsabilidad o la violencia.

Avelino conoce a la gente, puede hablarles en su propio lenguaje. Tiene además, carisma y una sólida formación académica. Licenciado en Filosofía y con un doctorado en Teología que cursó con los jesuitas en Nueva York, realizó luego el doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad de Miami. Actualmente devora textos relacionados con la Psicología y Neurología, su nuevo interés, empeñado en ligar la espiritualidad evangélica a los hallazgos de las ciencias de la conducta.

Cada viernes, sin embargo, deja los libros y la televisión y parte hacia La Ciénaga y Bahoruco, dos pueblecitos del municipio de Barahona, al sur del país, “donde la pobreza no tiene nombre y no hay horizonte para los jóvenes”, dice el padre Avelino mientras la mirada se le va hacia un punto que sólo existe en su memoria.

Dentro de los múltiples problemas que encuentra en esas comunidades, la violencia doméstica es uno de los mas preocupantes y difíciles de manejar, porque se encuentra enraizado en la cultura, argumenta el sacerdote. Pero mientras para algunas personas ésta pudiera ser una justificación algo así como “esa es la costumbre y no la podemos cambiar” el padre Avelino quiere dejar muy claro cómo el ser humano sabe, en su fuero interno, que aun siendo lo habitual, la práctica de la violencia doméstica es injusta y está mal. Lo hace narrando una anécdota que leyó en un texto de antropología acerca de una tribu de Nueva Zelanda, los papúes, que practicaban la antropofagia. Por alguna razón, nunca los rituales para comerse los cadáveres eran practicados delante de los misioneros que pasaban por la tribu; para ello, los papúes se escondían, y aunque la consideraban como algo natural de su cultura, no la mostraban abiertamente a los extraños.

Para el padre Avelino, esta anécdota muestra que el ser humano sabe íntimamente cuándo una conducta es injusta y está mal. Menciona, para reforzar esa tesis, el hecho de que, en las comunidades donde trabaja como sacerdote, la bebida está estrechamente ligada a las acciones violentas y machistas. “Parecería que uno se enfrenta a dos problemas: la bebida y el machismo. Luego uno descubre que el agresor usa la ingesta de ron como escudo que explica su conducta. “Yo había bebido”, dicen, “pero soy un hombre bueno. Estando en mis cabales no la hubiese golpeado”. Avelino dice que la relación muestra que existe algo vergonzoso en el asunto, ya que los agresores intentan huir a la responsabilidad de los hechos alegando haber estado borrachos, y cita de nuevo a los papúes de Nueva Zelanda: “se escondían para comerse los cadáveres; igual que muchos hombres agresores se esconden detrás de una botella de ron. Saben perfectamente que lo que hacen es injusto, vergonzoso y está mal”, enfatiza Avelino.

Para el padre Avelino la clave se encuentra en la socialización, pero para él no basta el clima de afecto y ternura dentro del hogar, sino que además es necesario el desarrollo de la espiritualidad, “la humildad de saberse parte de un plan que va más allá de lo individual, y que se basa en la justicia y en la dignidad del ser humano”.

Como consejero espiritual, Avelino Fernández no se enfrenta a menudo a confesiones espontáneas de problemas de violencia dentro de las familias, sino que las descubre por ciertos indicios y entonces indaga, hace preguntas, hasta que llega al centro del problema.

“La persona que no tiene nada que ver con la justicia, y que resuelve los problemas rápidamente, por su cuenta, que no muestra humildad para resolver los conflictos, me da pistas de violencia. Cuando veo mucha rebeldía entre los jóvenes, pregunto siempre sobre la relación con el padre, y suelo encontrar un patrón invariable de abuso, agresión física o verbal, que obviamente produce un malestar permanente”.

Para Avelino esta es una clave fundamental, porque un joven rebelde que está reaccionando contra un padre violento, reproducirá mas tarde el mismo patrón, si no logra resolver el propio malestar. “Yo les recomiendo que inviten al padre a conversar sobre su relación, aun si las expectativas son adversas. El simple hecho de enfrentar el modelo, la imagen machista, provoca un cambio en el joven que le refuerza el deseo de romper con el estereotipo. Yo creo mucho en ese ejercicio; algunos padres reaccionan violentamente, o se paran y se van, pero ya hay una herida provocada que incita al cambio y a la reflexión, no del padre, que quizás no cambie nunca, sino del hijo, que podrá romper con el modelo aprendido gracias a esa conciencia íntima que le hace saber que aquello está mal, que no resulta”.

Con ello, según Avelino, el joven descubre que no necesita reafirmarse basándose en la conducta que ha aprendido del padre, que puede ser él mismo sin ampararse en el machismo. “Pero insisto, es necesario ese enfrentamiento, aunque el padre lo tome como un reclamo hostil, hay que intentar esa conversación, salir a tomarse una cerveza juntos, y hablar, para detonar la conciencia”.

Según Avelino, el padre cuestionado puede resistirse o no entender, pero el joven no pensará jamás igual acerca de sí mismo. Así hará contacto con su esencia, eminente buena, una teoría que coincide con la definición de ser humano que hace Rousseau, uno de los cientistas sociales del enciclopedismo francés, teoría que para Avelino Fernández, que estudió a Rousseau y a muchos otros en las aulas, es más que obvia: el ser humano es bueno, simplemente “porque así nos creó Dios, a su imagen y semejanza”.


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