El país que vive de las mujeres PDF Imprimir E-Mail
Por María Isabel Soldevila   

Image República Dominicana es un país mantenido por mujeres.

El injustamente llamado “sexo débil” se fortalece alzando el vuelo y mandando remesas. El renglón que, después del turismo y las zonas francas, ocupa la cúspide de la economía nacional. Algunos piensan que es el segundo.

Nueva York sigue siendo el destino por excelencia para  los dominicanos y las dominicanas. Pero la enorme brecha entre los sexos se va achicando cada vez más. Según un estudio estadístico hecho para Rumbo por la empresa remesadora Quisqueyana con una muestra de 450,000 de sus clientes, el 49% de las remesas enviadas desde la Gran Manzana del 8 de agosto del 2000 al 31 de ese mismo año provenía de mujeres.

Y qué decir de Europa. De España, la Meca de las viajeras del Sur del país, ellas envían el 78% del dinero. Cifras reservadoras, pero de 7 dígitos, y en dólares. Si tomamos este porcentaje como promedio de los envíos de ese país, de los US$150,000 que llegan todos los meses por la remesadora Caribe Express, US$117,000 lo mandan las dominicanas.

La migración de las mujeres tiene efectos muy palpables. Cambian las familias y, con ellas, las comunidades enteras. Se invierten papeles y se confunden responsabilidades. Se construyen nuevos esquemas de convivencia y dependencia. El mundo de los que esperan las remesas es de claros muy claros y oscuros que asustan.

Mariluz Rosario Cuevas tiene 31 años. Su hermana gemela, Marisol, tiene 11 años viviendo en España. Su sonrisa, sorprendentemente ingenua entre bloques y varillas, cuenta la historia de una familia de emigrantes. Sus ocho hermanos están fuera. Repartidos entre Estados Unidos(los varones) y Europa (las mujeres). Vicente Noble, la mina de domésticas para España las”españolas”, les llaman es un pueblo que crece al compás del cemento. Y crece por ellas. Mariluz es la única que queda en la casa. Le toca cuidar a la madre, una anciana fajadora, y ayudar al padre en lo que pueda. Él, maestro constructor, tiene empleo seguro en Vicente Noble. Ahora construye una casa para la familia, allá mismo en el pueblo, con el dinero que mandan sus hijos e hijas. Pero a Mariluz el sentimiento de ausencia la está matando. “A veces, cuando a mí me duele una muela o algo, ella me llama para contarme que a ella le pasa lo mismo. Hay días que no duermo pensando en ella.” La gemela lleva once años sin ver a su hermana más que en el espejo. Sus hijos no se conocen. Pero en la familia hay más dinero. ¿Equilibrio, acaso, entre amor y bienestar económico? No siempre, Mariluz lloró con nosotros la falta que no compensan las remesas:”yo no quiero que ella mande nada, que venga, que venga”.

Posiblemente Marisol envía, al igual que el promedio de sus compañeras anónimas, unos US$242.96 tres veces al año. Eso según el estudio de Quisqueyana, dirigido por Ernesto Elías Armenteros. Un monto  mucho mayor
que el promedio de Nueva York, US$172.15.
Para Marlene Then, vicepresidenta de negocios de Vimenca/Western Union, la cifra es aún más grande. Aunque no ofrece datos tan precisos como Quisqueyana, por aproximación calcula que son unos US$430 unas seis o siete veces por año.

Tan bueno es el negocio que la empresa RD Multiservice/Money Transfer opera en el negocio de las remesas únicamente en Vicente Noble, Azua y San Juan de la Maguana. Por supuesto, desde Madrid y Barcelona. El crecimiento en los pueblos es evidente. Aunque no necesariamente se refleja, en el caso de Vicente Noble (18,152 habitantes) por lo menos, en una abundancia de negocios, tránsito ni nada por el estilo. Las mujeres  que viajan a España tienes una meta: construir su casa. La demás (mandar a buscar a los hijos y/o al marido, cada vez menos la segunda, por lo que cuentan en el pueblo) son secundarias. Los contrastes son alarmantes. Al lado de cualquier choza hecha con tablas de palma aparece una mansión de tres pisos. Pero lo típico nunca se deja de lado. Hasta las familias con mejores viviendas siguen tendiendo su ropa en la verja de enfrente y jugando dominó en la puerta de la casa. Ahora sí, los niños no andan a pie. Los Reyes Magos llegaron a Vicente Noble en bicicletas y allá las dejaron.

En Tamayo (19,080 habitantes) la experiencia es parecida, aunque menos visible. Allí encontramos a la familia Mesa, sentados en su mesa de dominó, barajando la tarde y disfrutando del trabajo de la que lleva nueve años en España.

“A mí me parece muy bien que mi hija esté allá y que se quede. A ella le conviene y a mí, que me manda mis chelitos. Si no fuera por eso, no tendríamos esta casa”, dice la madre Irene Reyes de Mesa, mientras, mira sus fichas. Como frente a un sobrino y al lado a Keila Díaz Mesa, la hija de Juana, a quien de vez en cuando le debe estar en la universidad.” Yo se que mi mamá prefiere estar allá y lo entiendo. Pero cuando ella viene no quiero que se vaya”. 

Toda la familia ha sido beneficiada por la labor de Juana. Una tamayera que no aguanta mucho en su campo. Y que, por suerte, tiene una hija que no se suma a la deserción escolar que algunos dicen caracteriza a los hijos de emigrantes.

El paraíso de los dólares.

El fenómeno de la emigración se ha constituido en uno de los principales soportes económicos de América Latina. Y República Dominicana, con una considerable cuota, no es la excepción.

“Las remesas de los emigrantes han contribuido a mejorar la balanza de pagos y constituyen, en algunos casos, una fracción significativa del producto interno bruto (PIB) de los países de origen”. Esa fue una de las conclusiones del foro Migración Internacional en las Américas, organizado por la Comisión Económica para América Latina y El Caribe en septiembre del 2000.

En nuestro país  entran US$1,500 millones al año por concepto de remesas, según el presidente de la Asociación de Empresas Remesadoras de Divisas, Freddy Ortiz. Y eso no es todo. En los últimos tres años, el crecimiento sostenido ha sido de un 8% en este sector. Vivimos (muchos pueblos al pie de la letra) de lo que mandan los que se van lejos. O de los que vienes a visitarnos.

La emigración, considerada como una salida a la continua crisis económica se diversifica a partir del endurecimiento de las leyes migratorias de Estados Unidos. En 1986 comienzan a aparecer nuevos destinos. Y ese es el momento de las mujeres.

De acuerdo con la investigadora Carmen Gregorio en La inmigración en España desde una perspectiva de género, el 57.6% del total de la población emigrante dominicana salió fuera del país entre 1985 y  1990. Para 1995 había unas 19,000 dominicanas y dominicanos en España, el 60% (11,400) en Madrid, con un índice de feminidad de 532.9 mujeres por cada cien hombres, el más alto de ese país ibérico en ese momento.

Independientemente del oficio que desempeñen, son las mujeres quienes lideran el éxodo hacia Europa. Según el ministerio de asuntos exteriores de la embajada de Italia en Santo Domingo, en el periodo del 1 de noviembre de 1999 al 23 de noviembre de 2000 el grueso de los visados emitidos para turismo, reunión familiar y viajes con familias completas fueron otorgados a mujeres. Para el primer caso, de 1,822visados entregados el 80% fue para una dominicana. Igual pasó con el 70% de las reuniones familiares (dominicana en Italia reclamando a algún familiar, usualmente a un hijo o hija) y el 90% de los viajes familiares.

En Suiza pasa algo parecido. De las 4,500 a 5,000 solicitudes que reciben al año, se emiten unos tres mil visados. Una media de 2000 son destinados a visitas o reuniones familiares. El cónsul suizo, Meter Graf, se encargó de destacar que las dominicanas sólo viajan a su país para ser “bailarinas” y que otro tipo de trabajo sería casi imposible de conseguir debido a nuestra “baja especialización”.

Las que se van.

A Kathy no le importa que piensen que es un cuero. Y le tiene sin cuidado que la miren con mala cara porque se va a bailar a Suiza. Dice que como no se va a hacer “lo malo”, ella está bien. Pero no quiere fotos, ni que publiquen su nombre completo. Kathy trabaja en un salón de belleza, en Higuey (cuna de las “suizanas”), tiene un hijo de dos años “mi bebé” y practica los fines de semana con una muchacha de Santo Domingo los bailes que tendrá que repetir por ocho meses en diferentes bares y clubes de Suiza.”Yo tengo mi contrato. Lo que quiero es juntar un dinerito para hacerles una casa a mi mamá y a mi bebé. Y después volver y poner un negocio, un salón o algo así”. Kathy no descarta la posibilidad de enamorarse y quedarse en Suiza.”Pero yo no voy a cambia. Yo siempre volvería y si no me gusta, vengo para mi casa”.

Lo que Kathy no se imagina es que su viaje lo integrará a las estadísticas impresionantes que revelan que las mujeres que viajan las que mantienen la economía familiar de sus comunidades. En este país, el machismo debería estar de capa caída. Ya ni siquiera por razones de derechos humanos. Simplemente no es sostenible. El renglón que, junto al turismo, más divisas mueve en el país, las remesas, es en gran medida el resultado del trabajo de “las viajeras”. Mil quinientos millones de dólares anualmente llegan a los bolsillos dominicanos procedentes del extranjero. Y más del 50% lo mandan ellas.

La vida de la familia de “las viajeras”, junto con su fisonomía del pueblo, sufre una transformación violenta en algunos casos. El símbolo del progreso es la salida del campo hacia la ciudad. Y las ausentes quieren que su esfuerzo se vea clarito y desde lejos. Por eso quizás las casas con verjas extravagantes, colores estridentes, vitrales y maderas preciosas. Por eso la ostentación y el delirio por las columnas, los techos altísimos, los jardines laberínticos.

Pero las y los que se quedan no cambian. Siguen teniendo las mismas costumbres, sólo en una casa de concreto, con lavadora y sin conuco. Más o menos. Marino Sánchez es agricultor. Toda la vida la dedicó al sembrar en El Bejucal, en las afueras de Higuey. Lo encontramos frente a su casa o mejor dicho la casa de su hija, como insiste en que la llamemos. Con chancletas de goma, camisa abierta con restos de tierra, pantalón oscuro y cachucha. El uniforme del campesino, pudiera decirse. A la casa que hizo su hija, que vive en Suiza desde hace más de 10 años, no se entra por la puerta principal. Se da la vuelta por el patio, donde tres matas de caña “dulce, muy buena pa’comer” reciben a los invitados. En el patio está el resto de la familia. Otra hija, la mujer y la abuela. Limpiando las habichuelas y alistando la comida.

El patio es el centro de la vida familia, a pesar de los esfuerzos de la viajera por llenarla de muebles finos. Cuatro sillas de plástico allá atrás son el refugio de los habitantes de esa casa. Oliva Gervasio, la mamá sonríe y recuerda su vida en el campo. “Allá yo no sólo tenía que cocinar, sino amarrar la puerca, darle comida a lo’ animale’, sembrar, de todo. Aquí sólo hago la cosa de la casa y me paso el día sentada. Dicen que eso pone viejo”. Todos agradecen la ayuda de la hija lejana, pero extrañan la vida “normal”. Don Marino ha sembrado perejil, tomaticos, chinas, cerezas, en el pedazo que tiene en el patio. Ahí tres mecedoras desbaratadas gritan el contraste entre la vida de antes y la de ahora. “Ese cuarto que está ahí atrás es para poner los trastes. La lavadora,  la secadora…”. Los símbolos de la vida después del viaje.

La rasuradota eléctrica, el champú y las colonias importadas, la nevera, la estufa, el carro parado sobre cuatro bloques sólo se enciende cuando viene ella. Representantes del nuevo status.

En España es diferente.

Con una migración sostenida e los últimos diez años (hasta ahora casi exclusivamente femenina), España es uno de los destinos más consolidados. La historia ha ido cambiando un poco y ya no son sólo las mujeres las que parten o desean irse a ese país. En las concesiones de visado de junio de 1993 a febrero de 1995 los índices de feminidad fueron increíblemente dispares entre ambos sexos:
Región suroeste:
1,016 por cada 100 hombres.
Distrito Nacional:
681 por cada 100 hombres.
Cibao Central:
550 por cada 100 hombres.
Región Este:
4333 por cada 100 hombres.
Cibao Norte:
314 por cada 100 hombres.

Sólo 5 años después, la balanza por lo menos en las solicitudes comienza a equilibrarse. “Observamos que en las solicitudes de visado de trabajoantes patrimonio casi exclusivo de las mujeres al ser la inmensa mayoría de casos de trabajo doméstico las solicitudes de hombres están aumentando para puestos de jardinería, construcción, incluso servicio doméstico y otras actividades generalmente de baja cualificación”. Esos resultados son parte de un informe del Consulado General de España finalizado en diciembre del año 2000.

En este estudio se tomaron en cuenta solicitudes independientemente de si al final esas personas son visadas o no. Para visados de trabajo el 64% de las solicitudes fueron hechas por mujeres. En el caso de la reagrupación familiar con el reagrupante dominicano cambia un poco la situación. Hay un 55% de hombres. También hay más de ellos cuando se trata de visas de reagrupación familiar en régimen comunitario, o sea, un español la solicita. En estos casos, los hombres también solicitan más: un 55%.     
 
Las “españolas” dominicanas en estadísticas (1995).

40.5% está casada con un dominicano que se quedó en casa.
24.3% está soltera.
15.2% está divorciada o separada.
14.3% casada con un dominicano que vive en Madrid.
4.8% casada con un español.
1% es viuda.
19.2% no tiene hijos.

Más de la mitad (50.7%) posee un bajo nivel de instrucción.
30.6% no ha completado los estudios primarios.
El 67.8% de las dominicanas en Madrid salió directamente del campo hacia la capital española.
Según la embajada española el 69.4% residía en el interior del país antes de irse a España.
El 74.4% de la población dominicana en Madrid es oriunda de la región Suroeste.
El índice es de 750 mujeres por cada 100 hombres.
En Cataluña 540 por cada 100 hombres.

Tomado de la revista RUMBO 365,
29 de enero de 2001


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