La Crónica que jamás quise escribir PDF Imprimir E-Mail
Por Belkis Genao   

Image Como periodista y como mujer desde el año 1998 se expresó más claramente mi preocupación por la cantidad de mujeres que morían a manos de los hombres de la forma más cruel y horrenda que pueda soportar el ser humano: quemadas, golpeadas, apuñaleadas, baleadas, violadas, estranguladas...
A esta preocupación se añadía la forma en que tales sucesos se reseñaban desde la prensa; y cómo se describía a las víctimas con frases como que “ella se lo buscó, por necia”,  con insinuaciones que hacían aparecer a las asesinadas como merecedoras de semejante violencia extrema; o atribuyendo la situación a celos, pasión y otros titulares parecidos que agraviaban  a las ya fallecidas.

Mi  atención cuidadosa a las “rojas y sangrientas estadísticas”, como las han llamado algunos colegas, me condujo a adentrarme en los pormenores de la violencia contra la mujer, y a la lucha por detenerla que ella reclama. Me he sentido satisfecha de aportar a esos esfuerzos estadísticas que han sido tomadas en cuenta año tras año por las instituciones que luchan a favor de las mujeres.

Pero lo que jamás imaginé, ni calculé, ni habría podido nunca pensar, era que uno de esos números fuera ocupado alguna vez por un ángel que incubé en mis entrañas nueve meses y que cuidé y vigilé por 19 años... Una niña que era mi hija, mi compañera..., que me hizo feliz, que me hizo abuela dos veces... La que jamás me ofendió, que me hizo sentir siempre que yo era importante para ella y me consideraba un ser especial; que endulzaba mi alma con sus mimos y caricias...

¡Cómo podría yo suponer que mi propia hija iba a ocupar una línea en esas sangrientas estadísticas

Esa inolvidable noche del 24 de septiembre, con aire de sorpresa me dijo : “!Mami, cuídame los bebés que Naza me invitó al cine!” Fue la película más extensa que se podría concebir. Jamás regresó al hogar de donde había salido sonriente, como era ella.

La desgarradora noticia me llegó a la mañana del día siguiente cuando varios agentes del Departamento de Contrahomicidios se presentaron a mi casa. Al verles me eché a llorar. El presentimiento fue terrible y la evidencia también : “Este me mató a mi muchacha – repitió mi corazón: me la invitó al cine para matármela”.

En efecto: así fue. Mi hija yacía   en una de las  frías camillas de Patología a donde muchas veces yo había acudido para observar a otras mujeres muertas por la cobardía de sus compañeros.

¿Qué puedo decir o escribir ahora?

Que entiendo mucho mejor, desesperada y tristísima, el dolor, la rabia, la impotencia de las madres que perdemos a nuestras hijas de esta manera, y sobre las cuales yo he escrito tanto desde las páginas de la revista Sucesos, siguiendo cada semana tantos y tantos casos...

Sé, (terrible aprendizaje), que nadie escapa a esta violencia que se extiende en nuestro país, que nos espanta, que parecería indetenible y que sigue cobrando víctimas cada día.

Desde mi dolor infinito, en medio de mis lágrimas, atravesada por la pena de mis nietos que todavía no pueden comprender, clamo para que la lucha contra la violencia contra la mujer se refuerce, que se endurezcan las medidas necesarias, que no permitamos que haya una mujer más muerta de forma violenta...

¡Y...: no puedo más...!

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