Hay temas de los cuales hemos olvidado que estuvieron alguna vez en las agendas de discusión, sobre todo las teóricas, cuya vocación documental amontona textos incontables en cualquier ámbito del saber –y a veces del quehacerhumano. Y sin embargo están ahí, hibernando, cubiertos por la pátina que han ido dejando sobre ellos la indetenible sucesión de muerte/nacimiento de nuevos “paradigmas”, hasta que a alguien se le ocurra ponerlos en el tapete.
La afirmación que ya no tesis sobre la acriticidad bovina de los públicos receptores (¿consumidores?) de información, sometidos a la desertificación neuronal por el ogro nada filantrópico del capital mediático, es uno de esos temas que afloran, ¡todavía!, cuando menos se les espera.
Hace treinta años, en una América Latina que llega invariablemente con retraso al banquete de las ideas, una hueste de estudiosos de la comunicación importaron de Europa la tesis althusseriana sobre los “aparatos ideológicos del Estado”, reforzada por la funcionalista de la Escuela de Francfort (Adorno, Marcuse, Horkheimer). Armados con este “corpus”, iniciaron la andadura por la teoría sobre “una minoría activa (elites, capital o partido), modelando una sociedad amorfa e inerte”1, según afirmará años más tarde Armand Mattelart, uno de los estudiosos que, precisamente, dio sustancia a esta interpretación del fenómeno de la comunicación.
A principios de los años setenta del siglo pasado –y en medio de la efervescencia que produjo en Chile la victoria del Frente Popular Mattelard afirmaba, refiriéndose a la actividad comunicativa de “la burguesía y el imperialismo”, que “(…) para legitimar y asentar la forma mercantil de comunicación, y hacer de ella una actividad ‘natural’, una actividad que se desempeña sin que los dominados o receptores puedan sospechar su carácter de instrumento de dominación de una clase, el medio de comunicación pasará por el proceso de fetichización por el cual transitan todo producto y actividad”2.
Ergo, el interés de los estudiosos latinoamericanos de entonces, para citar el ejemplo que nos concierne, estuvo centrado en la calidad de instrumentalizadores ideológicos de los medios, y desdeñó, entre otras cosas, el análisis de estos como “espacios de procesos y prácticas de producción simbólica y no sólo de producción ideológica”3. Mucha agua ha pasado bajo los puentes de la teoría desde que se hizo moda la tesis sobre el binomio receptor pasivo/ medio activo que, desde la perspectiva marxista o de izquierdas, pautó la interpretación (ingestión, en la mayoría de los casos) en universidades y grupos populares.4
La afamada “ruptura de los paradigmas” que provocó el derrumbe de los regímenes comunistas en la Europa del Este, y, en el continente, la apertura política y construcción de la democracia luego de décadas de inestabilidad política, dictaduras, autoritarismo y movimientos guerrilleros, así como la inserción en el modelo económico globalizado, ha obligado a echar una mirada distinta sobre las dinámicas sociales y, en consecuencia, sobre los medios de comunicación, cuyo estudio es ahora necesariamente interdisciplinar.
Entre las más trascendentales consecuencias de lo anterior está la recuperación del sujeto plural y diverso, solapado durante decenios por la teoría del sujeto social único. Esta perspectiva ha llevado a relativizar la centralidad otorgada antaño a los medios de comunicación como vectores ideológicos. Y a desterrar, por lo menos de la teoría actual, al receptor pasivo en beneficio del receptor activo. No siendo “masa”, el receptor ejerce un poder discriminador que incide de manera directa en la caidad de las audiencias: la diversidad de los sujetos determina la diversidad de los públicos y, por tanto, la fragmentación de la influencia del mensaje.
Edison Otero ofrece un didáctico ejemplo en el ámbito del consumo televisivo doméstico: cuando se dispone de un solo receptor y una oferta diversa, la decisión sobre lo que será visto resulta de un cruce de intereses y de los papeles reconocidos: autoridad de los padres, género, edad, etc. En el caso contrario, es decir, cuando la disponibilidad de aparatos es igual o similar al número de integrantes de la familia, la decisión compete exclusivamente al individuo en función de sus intereses particulares. A ello se agrega el poder de elección que añaden las nuevas tecnologías telemáticas, de las cuales la Internet concentra hoy por hoy la atención de la investigación en comunicación.
Desechar el reduccionismo teórico no implica, sin embargo, descuidar las viejas y nuevas inquietantes paradojas, como la resumida por la simultaneidad, a escala mundial, regional y nacional, de la sociedad de los conectados y la sociedad de los excluidos que los esfuerzos de organismos internacionales, como la ONU, no logran solucionar. Y es que la razón es sencilla en su dramatismo: pese a la capacidad del sujeto para discriminar contenidos, la creciente polaridad social establece distancias que libradas al mercado como lo están ahora en la mayoría de nuestros países, alientan el pesimismo de la infranqueabilidad.
REFERENCIAS
1 Mattelart, Armand y Michel, Pensar sobre los medios. Comunicación y crítica social. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco. Segunda edición en español, 1989, México, Dl.F.
2 Mattelart, Armand, La comunicación masiva en el proceso de liberación, Siglo XXI Editores. Séptima edición, 1980. México, D.F.
3 Martín Barbero, Jesús, Oficio de cartógrafo. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura. Fondo de Cultura Eco nómica. Primera edición, 2002. Santiago, Chile.
4 Paradójicamente, esta interpretación de izquierdas tenía su co rrelato en estudios norteamericanos entre los cuales, la llamada “teoría hipodérmica”, años antes, que “(…) si una persona es al canzada por la propaganda, puede ser controlada, manipulada, inducida a actuar”, según afirma Mauro Wolf en su libro “La investigación de la comunicación de masas. Crítica y perspectivas”.
5 http://rehue.csociales.uchile.cl
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