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Para perderle el miedo al feminismo |
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Por Jamaica Hutchins
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A Primera Plana incluye aquí las reflexiones de "¿Por qué me declaro feminista?" de la joven estudiante Jamaica Hutchins, en traducción de la colega Laura Asturias y publicado por "Tertulia" de Guatemala en su edición 51 El feminismo no es un iracundo ataque contra los hombres, pero sí la insistencia de que las mujeres merecemos igualdad y justicia en la sociedad. El feminismo visualiza un futuro en el que la dignidad humana sea fundamental y que existan oportunidades para toda la gente.
La semana pasada, en una de mis clases de Historia en la Universidad Estatal de Sonoma, un compañero de estudios me llamó "feminazi" sólo porque manifesté mi interés en la historia de las mujeres. Esa reacción tristemente inepta me hizo pensar en las connotaciones que evoca el lenguaje que utilizamos para hablar sobre los derechos de las mujeres,tal como el término "feminismo". Más tarde esa semana le pregunté a una amiga si ella se consideraba feminista y respondió: "No... hay demasiados estereotipos negativos asociados a esa palabra. Las feministas son vistas como mujeres furiosas que odian a los hombres". Estas dos experiencias hicieron aún más clara mi percepción de que mujeres y hombres necesitamos un recordatorio sobre los beneficios y la necesidad de disfrutar, abrazar y rescatar la palabra "feminista" en el siglo XXI.
A menudo escucho a mujeres insistir en que, como sociedad, hemos alcanzado una igualdad general entre los sexos. No necesitamos protestar ni hacer manifestaciones, dicen, y esta postura incluye la afirmación de que hoy día las mujeres podemos lograr cualquier cosa. Desafortunadamente, la realidad no apoya esta creencia. Tal como señala Susan Faludi, autora de "El rebote: La guerra no declarada contra las mujeres en Estados Unidos", no puede haber una verdadera igualdad mientras las mujeres sigan conformando dos tercios de todas las personas adultas pobres y devenguen el 70 por ciento de lo que los hombres ganan, y en tanto haya un 80 por ciento de mujeres atrapadas en trabajos "femeninos" tradicionales. Las mujeres también continúan realizando más del 70 por ciento de las tareas domésticas. Además, no están representadas de manera igualitaria en el ámbito político y ocupan sólo un pequeño porcentaje de los puestos ejecutivos en las grandes empresas.
Los cuerpos de las mujeres son utilizados para vender desde automóviles hasta cerveza, y persiste la noción de que el valor de una mujer está vinculado a su apariencia física. A mí me parece obvio que todavía necesitamos el feminismo.
Quizás el problema radica en una mala comprensión de lo que el feminismo es y lo que las feministas promovemos. El feminismo no es un iracundo ataque contra los hombres, pero sí la insistencia de que las mujeres merecemos igualdad y justicia en la sociedad. El feminismo visualiza un futuro en el que la dignidad humana sea fundamental y que existan oportunidades para toda la gente. El feminismo también acoge y afirma a las mujeres y sus logros en el pasado y en el presente. El feminismo permite a las mujeres definirse a sí mismas como liberadas de las rígidas normas culturales acerca del papel que deben jugar en la sociedad.
Un reciente estudio reveló que el 90 por ciento de mujeres creía que a las mujeres se les debe pagar equitativamente respecto de los hombres por el trabajo que desempeñan; que ellas merecen iguales derechos en la sociedad y que el sexismo aún existe. Sin embargo, sólo el 16 por ciento dijo que se consideraba feminista.
¿Cuándo y cómo permitimos que "feminista" se convirtiera en una mala palabra? ¿Por qué hemos de permitir que los fundamentalistas religiosos, comediantes misóginos, una minoría hostil de mujeres o los medios de comunicación reinterpreten y definan negativamente la etiqueta, la bandera, del movimiento por los derechos de las mujeres? El virulento ataque contra esa palabra no es un fenómeno nuevo, como ya lo evidenció Rebecca West cuando en 1913 escribió: "Yo misma nunca he podido averiguar exactamente qué es el feminismo. Sólo sé que la gente me llama feminista cada vez que expreso sentimientos que me diferencian de una alfombra".
Muchas de las furiosas respuestas provienen de hombres, pero no tendría por qué ser así. También ellos pueden llamarse "feministas" y abrazar el principio de la igualdad entre los sexos. Tengo la esperanza de que no todos los hombres actuarán en formas reaccionarias o atemorizantes, sino comprenderán y apoyarán a las mujeres en nuestra continua lucha por la equidad. Uno de mis profesores se declaró a sí mismo como feminista, y aunque muchos se rieron e hicieron bromas, yo experimenté una increíble sensación de validación. Los ideales feministas no son específicos a un género; son exhortativas universales de igualdad. Los hombres también se beneficiarán, ya que la reestructuración de los roles de género tradicionales les liberará de las restricciones de una masculinidad definida rígidamente.
En todos lados, las mujeres deberían agradecerle a alguna feminista por los logros alcanzados a favor de ellas a lo largo de los últimos cien años. Las mujeres pueden votar, obtener anticonceptivos, trabajar fuera del hogar, rehusarse a tener relaciones sexuales (aun con sus esposos), recibir una mejor educación, participar en deportes, desempeñar cargos públicos y realizar transacciones legales y financieras.
Es por eso que yo me declaro feminista. Honro y aprecio el sacrificio, la dedicación y el arduo trabajo de nuestras madres y abuelas. Exhorto a mis compañeras y compañeros de la universidad a reevaluar sus nociones sobre las feministas y el feminismo. Necesitamos rescatar la palabra "feminista" y honrarla por lo que es: una promesa de igualdad para todos los seres humanos.
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Mirta Rodriguez Calderon |
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