Hay una noticia en cada esquina pero no abrimos los ojos para mirarlas * No sugiero que el periodismo deje de abordar los temas que hoy cubre, pero sí planteo que es posible inyectarle una pluralidad que refleje la abundante diversidad humana en tantas dimensiones como sea posible * De ninguna manera, en una sociedad aun incipientemente democrática, puede aceptarse que todo un género humano esté excluido o sea utilizado de manera antojadiza, como ocurre en los medios de comunicación. Las ciudadanas comunes y corrientes sencillamente no están reflejadas en ellos * Violaciones a los derechos de los hombres nunca obtienen la atención que merecen. No la obtienen de la sociedad y tampoco en los medios de comunicación. Uno de esos temas es la elevada tasa de suicidio masculino, en general tres veces mayor que para las mujeres... * Al menos intentemos desde el periodismo no continuar con la política de la exclusión
Hace algún tiempo, el nicaragüense Iván Vargas, un estudioso de la construcción de la masculinidad, buscaba información sobre los pobladores de principios del Siglo Veinte. Relata que encontró referencias dedicadas únicamente a los hombres: las proezas y los reconocimientos de los "iluminados". Posteriormente comentó que "las mujeres como que no existían" y que si bien los hombres eran y son "omnipresentes en el funcionamiento del mundo", al parecer "no se casaron, ni tuvieron hijos e hijas". A eso yo agregaría que, aparentemente, tampoco tuvieron madres ni abuelas o, en general, alguna ancestra.
En la actualidad, una mirada crítica a la mayoría de los medios de comunicación tradicionales, cualquiera sea su naturaleza, es fiel reflejo de esas palabras. Dichos medios, enmarcados como están en un sistema patriarcal y dirigidos primordialmente por hombres, continúan exponiendo el quehacer del género masculino, los logros y la actuación de los hombres en las arenas política y económica. Y aunque sólo a grandes rasgos, nunca explicando las causas, también dejan ver el descontrol y la violencia a gran escala que caracteriza las vidas de muchos, hechos que se reflejan en su indiscutible protagonismo en la delincuencia común, en la impunidad sobre sus actos, así como en los elevados índices de corrupción a todos los niveles de la vida nacional.
Si hablo de "violencia a gran escala", lo hago para destacar que las violencias que muchos hombres ejercen en la vida cotidiana sobre personas consideradas más débiles (mujeres, niñas, niños y adolescentes) no es visibilizada en los medios en toda su magnitud y gravedad. Y no lo es precisamente porque al sistema patriarcal no le conviene que el público tome conciencia de lo mal que en realidad está el género masculino y que ese sistema, creado por hombres para favorecer a su género, es su más grande falla al ser la fuente de las mayores violaciones a los derechos humanos.
No me refiero sólo a violaciones a los derechos de las mujeres, la niñez y la juventud, sino además a los de los mismos hombres. Porque el sistema patriarcal también es muy selectivo: los mayores privilegios serán siempre para quienes entran en la categoría de "hombre, blanco, cristiano, rico, poderoso y heterosexual". Hablamos entonces de un sistema cuyos ejes son el desprecio –velado o abierto – hacia las mujeres; el racismo, la homofobia – que no es sino el miedo a la homosexualidad –, así como las múltiples formas de exclusión de grupos y personas que no entran en la categoría descrita.
Y valga recordar que muchos hombres, cuando menos en nuestro medio, no son "blancos", ricos ni poderosos. Otros tampoco son heterosexuales. Es decir que todos ellos en realidad están excluidos y no cuentan, cuando no le son funcionales a ese sistema, tan funcionales como le hemos sido las mujeres en la perpetuación del machismo luego de que se nos asignara con exclusividad la crianza infantil.
LAS VIOLACIONES A LOS DERECHOS DE LOS HOMBRES...
Aunque existen tantos más ejemplos de la discriminación de ese sistema también contra hombres, a mi mente viene siempre una imagen que quedó ahí, grabada indeleblemente. En los años setenta, en una aldea del altiplano, al igual que mucha gente presencié horrorizada cómo un jovencito indígena (no habrá tenido más de 15 años) era lazado por varios soldados para conducirlo, como ganado, en un camión del ejército, supongo, para enrolarlo en sus filas. Mientras lo halaban con el lazo, una mujer que deduje era su madre, se aferraba a sus piernas. También ella era arrastrada por el suelo, al tiempo que en su idioma les imploraba a los soldados algo que imagino era que no se llevaran al joven.
Esas violaciones a los derechos de los hombres, esos dolores que marcan sus vidas, las múltiples formas de violencia que sufren a manos de sus propios congéneres y también de algunas mujeres, nunca obtienen la atención que merecen. No la obtienen de la sociedad y, como reflejo de ello, tampoco en los medios de comunicación.
De igual manera, otros asuntos que provocan sufrimiento a los hombres no son visibilizados. A nivel mundial, uno de esos temas es la elevada tasa de suicidio masculino, en general tres veces mayor que para las mujeres, no porque ellos tengan más razones para querer quitarse la vida, sino porque, a diferencia de las mujeres, utilizan armas certeras que les permiten consumar el suicidio.
Podríamos hablar también de las numerosas condiciones de salud que afectan a los hombres pero que casi no se las visibiliza en los medios. El impacto que el sida ha tenido en las vidas de los hombres, por ejemplo. En esto, una vez más, suelen ocultarse las causas de ese impacto pues revelarlas implicaría poner sobre el tapete, entre otras cosas, tanto la moral como las prácticas sexuales masculinas. Y podríamos hablar, además, de otros riesgos que muchos hombres asumen como parte "natural" del ser hombres, tales como conducir temerariamente y poner en peligro también las vidas de otras personas, o su nivel de consumo de alcohol, tabaco y otras drogas.
Todo ello es alimentado por las normas culturales de la masculinidad. Pero, de nuevo, abordar francamente esos asuntos es algo que no le conviene al sistema patriarcal, pese a que están involucradas las vidas mismas de los hombres. Es decir, lo que se invisibiliza son las cuestiones relacionadas con la construcción del género y cómo éstas afectan la vida al nivel más personal e íntimo.
En esa línea, la de los asuntos del género, otro hecho insoslayable es que, indiferentemente del estrato social al que pertenezcan, los hombres siempre han tenido mayores privilegios que las mujeres. Aquí cabría aclarar que mi postura no es que nosotras merezcamos más privilegios que ellos, pero sí me interesa subrayar que muchos los detentan aún sin merecerlos. Posiblemente el mejor ejemplo de ello es la conformación de las planillas electorales para la postulación a cargos públicos, en las que las mujeres son sistemáticamente excluidas de la posibilidad real de acceder a esos puestos.
EL OBVIO AFAN DE ELLOS DE ACAPARAR EL PODER...
Quizás lo más preocupante es que, en un obvio afán de acaparar todo el poder, algunos parecen haber cerrado filas para impedir el avance de las mujeres y el pleno disfrute de sus derechos. El mejor ejemplo de esto es la férrea negativa, sobre todo en la actual legislatura, de aprobar el establecimiento de unas cuotas para los cargos públicos, si bien la propuesta presentada por la Instancia para la Equidad Política era lo más equitativa posible: contemplaba un 44 por ciento de participación alternada para ambos sexos.
Los medios de comunicación también juegan un papel importante contra las mujeres, al excluirlas de esos espacios. Si bien es cierto hoy día son numerosas las que trabajan en los medios, también lo es que suelen estar marginadas de los niveles de toma de decisiones, lo cual contribuye a que persista la práctica de destacar solamente el quehacer de los hombres, en detrimento de las vidas y realidades de las mujeres.
De ninguna manera, en una sociedad aun incipientemente democrática como la nuestra, puede aceptarse que todo un género humano esté excluido o sea utilizado de manera antojadiza, como ocurre en la actualidad en los medios de comunicación. Con contadas excepciones, las mujeres no están en las juntas directivas de los medios y, por lo mismo, no son ellas quienes deciden sobre la cobertura y los contenidos de la información. Aunque conforme aumenta la cantidad de mujeres políticas también se tiende a buscar sus opiniones para incluirlas junto a las de los políticos, ésa vendría a ser la excepción en los medios tradicionales. Las ciudadanas comunes y corrientes sencillamente no están reflejadas en ellos.
Por otro lado, en la publicidad no se vislumbran cambios sustanciales en la utilización de imágenes estereotípicas que nada tienen que ver con las realidades de las mujeres. Los cuerpos femeninos continúan siendo moneda de cambio, terreno colonizado por meros intereses económicos orientados al consumo.
Hace un par de años, en un encuentro de mujeres periodistas en Madrid, la psicóloga española Victoria Sau nos instó a imaginar un mundo en el cual sólo a los hombres les fuera permitido hablar, un mundo en el que ellos nunca pudieran sostener una conversación con mujeres. La verdad es que nos pintó un panorama bastante deprimente.
Creo que ninguna de las presentes podíamos concebir la vida sin la interacción con los hombres — y me atrevería a decir que también para ellos, si lo admitieran, sería inconcebible la vida sin nosotras. Y, sin embargo, no pasó mucho tiempo antes que cayéramos en cuenta que ésa, justamente, era la experiencia de las mujeres en cuanto a los medios de comunicación. Nosotras nos hemos pasado prácticamente la vida entera escuchando a los hombres: oyendo y leyendo cómo es el mundo de ellos, cómo lo manejan política y económicamente, cómo se lo reparten de acuerdo a sus intereses geopolíticos, dónde emprenderán sus guerras para resguardar esos intereses, y cuáles planes tienen para este mundo en el que, pese a ser habitado también por mujeres, por niñas, niños y adolescentes, a estos grupos todavía nos está vedada la participación en la toma de decisiones que afectan a un mundo compartido. Personalmente, no quiero ese mundo como hoy lo manejan los hombres.
Yo planteo, y parto de mi personal vivencia, que es posible cambiar el enfoque del periodismo de manera que éste pinte no sólo el mundo visto desde la óptica y los intereses masculinos, sino también ese otro mundo que es posible si tan sólo nos atreviéramos a asumir una ética de inclusión y de un mayor respeto hacia la realidad de la gente, sin distingos de sexo, etnia, edad o credos de cualquier índole.
No sugiero que el periodismo deje de abordar los temas que hoy cubre, pero sí planteo que es posible inyectarle una pluralidad que refleje la abundante diversidad humana en tantas dimensiones como sea posible. El periodismo patriarcal –ejercido por hombres Y por mujeres– resulta tremendamente aburrido no sólo para quienes conformamos la otra mitad de la sociedad, sino también para aquellos hombres que ya no quieren ver el mundo de manera exclusiva desde el lente de su propio género, quizás porque han aprendido que un planeta compartido merece aportes amplios también de los grupos marginados.
DAN ESCASA CABIDA A LAS EXPRESIONES MAS JOVENES
Esa exclusión es además evidente en que los medios convencionales dan escasa cabida a las expresiones más jóvenes, lo cual resulta paradójico dado que la niñez y juventud conforman un importante porcentaje de nuestra población. Merecerían también una cobertura periodística más atenta y comprometida ciertas condiciones que marcan inexorablemente las vidas de, entre otras, las personas desposeídas obligadas a sobrevivir en las calles, particularmente niñas, niños y jóvenes a quienes se somete a todo tipo de explotación, así como personas que se dedican al trabajo sexual, cuyos derechos son sistemáticamente violados, sobre todo por las fuerzas de seguridad.
Dicen que hay una noticia en cada esquina, y yo digo que no estamos abriendo los ojos para mirarlas.
Desde mi propia visión, ejercer un periodismo incluyente implica hacer parte de nuestra tarea las sutiles aristas de la vida y la convivencia humanas; reconocer las diferencias inherentes a las personas y sus realidades, y representarlas en una justa dimensión; tomar en cuenta las voces tradicionalmente excluidas para que nos enriquezcan pero, sobre todo, para que no sigan marginadas.
Mi experiencia personal en el periodismo me ha demostrado que sí es viable ese otro mundo posible, en el que nadie queda fuera. Me inicié en este campo, hace casi diez años, desde una perspectiva que ya entonces consideraba feminista porque era la única forma en que podía nombrarla. Ahora sé que empecé dando mis primeros pasos con un incipiente enfoque de género, pero que no se planteaba conscientemente la ética de la inclusión. Y por ello, debido a mera ignorancia, dejé de lado aspectos cruciales de la vida humana.
Pero en ese camino también fui aprendiendo sobre el enriquecimiento personal y profesional que representa, en primer lugar, el haberme educado acerca de la construcción de género para cada sexo. Ello me permitió visualizar desde una dimensión mucho más amplia asuntos tan importantes como la violencia y la cadena de violencia que tienen lugar en tantos hogares; la variedad de factores socioculturales que nos exponen a toda una gama de enfermedades, y en particular a la infección por el virus causante del sida.
Entendí, además, que el machismo no es un problema sólo de hombres, sino que también las mujeres somos machistas, y podemos serlo tanto como ellos, toda vez que hemos sido formadas dentro del mismo sistema patriarcal.
Comprendí que la violencia contra las mujeres no es un problema de mujeres sino para las mujeres, y que si bien se debe penalizar a hombres y mujeres que la perpetran, se requiere urgentemente campañas de sensibilización sobre esta problemática, así como un cambio profundo en la educación, de manera que ésta promueva una cultura de no violencia orientada a respetar la vida humana: no sólo la de las mujeres, la niñez y la juventud, sino también la de los hombres.
NINGUNA MUJER ESTA LIBRE DE LA VIOLENCIA
Es un hecho que si un hombre teme caminar solo por las calles, no es porque se perciba amenazado por alguna mujer. Ese hombre le teme a la violencia de su propio género, como también le tememos las mujeres. No existe una sola mujer en nuestro medio que, al caminar por la calle, se sienta libre de la amenaza de la violencia de algún hombre, cualquier hombre.
Tener en cuenta estos elementos y adquirir la habilidad para exponerlos en forma sencilla y comprensible, contribuyen a que el público se sensibilice. En lo personal, no me interesa "culpar" a los hombres por la violencia contra las mujeres, la niñez y la juventud. Lo que me importa es que quienes me leen o escuchan puedan visualizar las causas de esas agresiones y comprender que todas las personas ejercemos algún tipo de violencia: sea verbal, física o psicológica.
Me importa que se comprenda que esta problemática tiene sus raíces en un sistema intrínsecamente violento, con largos tentáculos que alcanzan a todos los rincones, públicos y privados, de la sociedad. Me interesa que, así como muchas mujeres hemos comprendido que ya no tenemos por qué cumplir las normas culturales que nos fueron impuestas por el hecho de ser mujeres, también los hombres visualicen para sí mismos una vida en la que el control sobre otras personas no sea más la medida de su virilidad y puedan apreciar y hacer suyos los beneficios de una convivencia armoniosa junto a quienes les rodean.
Sobre todo en los últimos cuatro años, he centrado mis esfuerzos en tres medios que se han convertido en partes integrales para mí: como coeditora de la publicación feminista La Cuerda; como editora de la revista electrónica Tertulia y como columnista en el diario Siglo Veintiuno. Creo que en cada uno de estos espacios ha quedado plasmado el enriquecimiento personal que me ha dado el haber asumido de manera consciente una ética que persigue reflejar "realidades reales".
Mi propuesta, entonces, sería que desde el periodismo al menos intentemos no continuar con la política de la exclusión. Es decir, que nuestro quehacer refleje al mundo tal como es y, más importante aún, a las personas tal como son. Un periodismo que cuestione la uniformidad que encasilla a la gente en rígidos modelos imposibles de cumplir. Básicamente, un periodismo que nos oxigene la vida inyectando nueva sangre a todos los ideales de nuestra digna profesión.
Laura E. Asturias es periodista guatemalteca de larga trayectoria, nominada y premiada por su profesionalismo en varias oportunidades. Editora de la revista feminista semanal Tertulia; y coeditora de La Cuerda. Articulista del diario Siglo Veintiuno. Este artículo – cedido por ella para su publicación como primicia es el discurso que pronunciara el pasado noviembre en el Club de la Prensa Extranjera en Ciudad Guatemala. Su intervención causó impacto y muchos comentarios. Laura Asturias es miembra del Consejo Periodístico Asesor de A Primera Plana. Vota por este artículo: Votar (0) >> ¿Qué es esto?
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