El nuevo orden Internet PDF Imprimir E-Mail
Por Ignacio Ramonet   

Hace menos de diez años que internet llegó al gran público. En tan poco tiempo, ha trastocado franjas enteras de la vida política, económica, social, cultural, asociativa… Hasta el punto de que en adelante, a propósito del estado de la información y la comunicación en el mundo, cabe hablar de un "nuevo orden internet".

Ya nada es como antes. El aceleramiento y la fiabilidad de las redes han modificado la manera de comunicarse, de estudiar, de comprar, de informarse, de distraerse, de organizarse, de cultivarse y de trabajar de una importante proporción de los habitantes del planeta. El correo electrónico y la consulta de internet colocan al ordenador en el centro de un dispositivo de intercambios (relevado por el nuevo teléfono que sirve para todo) que conmociona el universo profesional en todos los sectores de actividad.

Pero esta transformación formidable beneficia sobre todo a los países más avanzados, ya beneficiarios de las revoluciones industriales precedentes, y agrava lo que se denomina "la fractura digital", ese abismo que se abre entre los bien provistos en tecnologías de la información y los desprovistos de ellas que son mucho más numerosos. Dos cifras resumen la injusticia: el 19% de los habitantes de la Tierra representa el 91% de los usuarios de internet. La brecha digital aumenta y acentúa la tradicional brecha NorteSur como asimismo la desigualdad entre ricos y pobres (recordemos que el 20% de la población de los países ricos dispone del 85% del ingreso mundial). Si nada se hace, la explosión de las nuevas tecnologías cibernéticas desconectará definitivamente a los habitantes de los países menos adelantados, especialmente los del África negra (apenas un 1% de los usuarios de internet, entre ellos muy pocas mujeres).

Este problema no puede dejar indiferentes a quienes quieren construir un mundo menos desigual. He estado en el centro de la Cumbre de Ginebra en la cual participaron más de 10.000 delegados de alrededor de 175 países y unos 50 jefes de Estado y de gobierno. Por primera vez, señal de las transformaciones en curso, esta Cumbre de la ONU reunía a los representantes de los Estados, jefes de empresas y responsables de Organizaciones No Gubernamentales (ONG). Lo cual por otra parte no funcionó bien, dado que estas últimas se quejaron de haber sido, en cierto modo, marginadas y de haber servido en buena parte como coartada. La Declaración final disimula apenas el fracaso de las principales cuestiones en debate. En primer lugar, el proyecto de crear un “Fondo solidario digital” no logró cobrar forma, dado que los países ricos se negaron a comprometerse financieramente.

El presidente de Senegal, Aldoulaye Wade, que desde hace mucho tiempo defiende el principio de ese Fondo, propuso eludir los Estados y lanzó la idea de una contribución voluntaria de un euro sobre la compra de cada ordenador en el mundo. Otros sugieren aumentar en un centavo de euro cada comunicación telefónica, cualquiera sea su duración, para favorecer la “cohesión digital” del planeta.
Otro gran tema de preocupación fue el control que ejercen sobre internet muchos Estados autoritarios, entre ellos China y, a partir del 11 de septiembre de 2001, bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo, la intromisión en la vida privada de los ciudadanos a través de la vigilancia de su actividad en internet en muchos países democráticos, entre ellos Estados Unidos. Tampoco en este terreno se registraron avances. Los Estados no hicieron ninguna concesión, escudándose en la ciberseguridad.

La tercera cuestión capital fue el debate sobre el modo de regulación y gestión de internet. Por el momento, quien decide en ese campo es Estados Unidos. Sin embargo, se ha convertido en una cuestión tan importante, y condiciona tantas decisiones en todas las esferas de la vida política y económica, que Washington acepta debatirlo, pero sólo en el marco del G8, el consorcio de las ocho potencias que dirigen el mundo. En su inicio la Cumbre abogaba a favor de una gestión multilateral de internet, transparente y democrática, con la plena participación de los gobiernos, del sector privado y de la sociedad civil. Y acariciaba la idea, defendida por muchos Estados (pero también por el inventor de la World Wide Web, el físico británico Tim BernersLee) de transferir su responsabilidad a una instancia especial de Naciones Unidas. Washington se negó de plano. Con el pretexto de que sólo la gestión del sector privado garantiza que internet siga siendo una herramienta de libertad.

Todas estas cuestiones volverán a ponerse sobre el tapete en la segunda fase de la Cumbre, que se desarrollará en Túnez en noviembre de 2005. Mientras tanto, ¿no habría que lanzar enseguida un formidable Plan Marshall tecnológico?

Publicado en Le Monde Diplomatique


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Mirta Rodriguez Calderon
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