La presencia creciente de mujeres en los medios de comunicación no se ha traducido en un cambio sustancial de los contenidos e imágenes estereotipados de hombres y mujeres. El campo de la salud no escapa a esta realidad, sino al contrario: en él se expresan con más fuerza esas diferencias asignadas en función del sexo que sustentan la desigualdad y sus múltiples manifestaciones.
Justo es reconocer, sin embargo, que ha habido avances importantes. Una mirada rápida a lo existente en materia de salud en los medios de comunicación permite comprobar el manejo de manera casi rutinaria de temas como: la menopausia como una etapa más en la vida de la mujer, los derechos sexuales y los derechos reproductivos, la violencia y sus consecuencias, entre otros. Lo mismo podríamos decir de la publicidad en general, donde se puede percibir que cada vez son menos quienes sustituyen su falta de creatividad por “unas nalgas”, lo que no implica que se haya dejado de usar el cuerpo de la mujer como arma de seducción. ¿Qué es lo que falta? ¿Hasta dónde y por qué se supone que debíamos y debemos avanzar en materia de género, salud y comunicación? Estas interrogantes parten del criterio de que los medios de comunicación deben hacerse eco de los grandes cambios que se están produciendo en la vida de las personas (esto es, presencia de la mujer en la esfera pública mediante su incorporación al mundo laboral, participación política, etc., e interés del hombre por el ejercicio de la paternidad más allá del rol de proveedor El cuerpo de las mujeres en los medios ¿CUERPO O CARCEL? económico, entre otras señalesde incursión en el ámbito privado que, lamentablemente, se producen a un ritmo exageradamente lento en relación a los cambios que viven las mujeres). Los medios de comunicación se reconocen como aliados de esos procesos de cambio en tanto que espacios donde, al representar a diversos actores y actrices, pueden mostrarse las diferencias existentes como una forma de enriquecer la información misma, mantener a la población informada, y hacer una construcción más integral de la realidad. EL ENFOQUE EN SALUD A lo largo de la historia el término salud se ha visto asociado a las mujeres, mas no porque sea una preocupación de gobernantes y otros tomadores de decisión el bienestar de ésta, sino porque se la considera la garante y dadora de la salud del resto de la sociedad. Aunque en otras épocas el conocimiento de las mujeres sobre la salud implicó un poder del que rápidamente le despojó el poder masculino, esta concepción utilitarista más bien desempodera a este género a quien se le enseña a relegar sus necesidades a un segundo plano en procura del bienestar de los y las demás. Y aquí juegan un rol de primer orden los medios de comunicación, que cada vez dedican una mayor cobertura al tema salud siendo abundantes las revistas, secciones, suplementos, artículos, programas de radio y televisión, y hasta la inserción de algunas problemáticas sanitarias en telenovelas. Estos, aun cuando no se pueden comparar con una década atrás, insistimos, acaban retrasando los procesos de un verdadero desarrollo humano al mantener la brecha de desigualdad e inequidad entre hombres y mujeres. La imagen de la “mujer cuidadora” es la que se refuerza cuando en las campañas oficiales de vacunación se exhorta a las madres a cumplir puntualmente con el calendario de vacunas de sus hijos e hijas y cuando se dirige exclusivamente a ellas la publicidad comercial de alimentos, pañales, aceites, cremas y otros productos infantiles. ¿No se sentirían más comprometidos los hombres con su paternidad si también se les incluyera a ellos en estos blancos de público? Creemos firmemente que sí. Lo mismo podríamos decir de los varones frente a la anticoncepción. Si se hiciera más énfasis en que evitar los embarazos es una responsabilidad de dos y que cuando ésta se asume por la pareja enriquece las relaciones, otra actitud sería la de ellos no sólo respecto a la información y uso de métodos anticonceptivos, sino también ante los embarazos no deseados de los cuales el hombre se suele desentender cuando ocurren, responsabilizando a su pareja, acusándola muchas veces de haberlo hecho premeditadamente, y en algunos casos, obligándola a abortar. De esta última situación, también se da un tratamiento diferenciado a los géneros. ¿Cuándo hemos visto en los medios hablar de “los hombres que abortan”? Valdría la pena, pese al subregistro, hacer un estimado de la cantidad de embarazos que las mujeres interrumpen con el consentimiento del hombre o inducidos por éste. Aparte, sabemos que cuando se trata el tema del aborto en los medios, además de coyuntural, se hace desde una perspectiva moralista, sin distinguir sus consecuencias cuando se practica en condiciones sanitarias adecuadas y sin poner la suficiente atención a quienes se plantean este procedimiento como una posibilidad para el ejercicio de los derechos humanos de las mujeres. El cuerpo de las mujeres sigue siendo en los medios un lugar de desencuentro de las propias mujeres. No la casa que habitan, sino la cárcel en que están. Ese cuerpo sigue manejándose en los medios de comunicación inclusive en el campo de la salud como un objeto de deseo para satisfacer al hombre y como destinatarias para la industria farmacéutica y la llamada “industria de la belleza”. En el primero de los casos, es casi nulo el manejo de la sexualidad de la mujer al margen de una relación heterosexual y, si bien se trasciende la visión estrictamente coital, se sigue dando cabida a escuelas prejuiciadas y desfasadas que califican de patológica la respuesta sexual femenina que no responde a sus esquemas. Y para estas patologías, nada mejor que la medicalización. No por casualidad aparecen los productos para “estimular el apetito sexual de la mujer”. Fuera de este tratamiento excluyente, la homosexualidad, al igual que el autoerotismo, parecen ser prácticas de otros planetas a juzgar por su “inclusión” en las agendas de salud. Algo parecido habría que decir de la sexualidad de los hombres, también encuadrada, también mutilada, también medicalizada. En el segundo caso, referido a la industria farmacéutica, la salud de las mujeres sigue siendo paradójicamente algo se cundario. Se destaca el supuesto beneficio que proporcionaun determinado medicamento, sin enfocar el problema a atacar en su globalidad y, lo que es peor, sin la debida rigurosidad de que su uso esté indicado por un médico o una médica, y sin advertir lo suficiente sobre los posibles efectos colaterales ni las contraindicaciones. Esa misma industria farmacéutica, que tiene una gran aliada en la “industria de la belleza”, ahora trata de llegar a las mujeres cada vez más conscientes de ciertos riesgos convenciéndolas de que “tal anticonceptivo”, por ejemplo, responde a sus necesidades porque además “la hará adelgazar” o le aportará elementos para “la belleza de su piel”. A la carga que para muchas mujeres constituye el uso exclusivo de anticonceptivos muchas veces con una secuela de efectos nocivos para su salud se le agrega la de tener que responder a un modelo de belleza determinado. Otros mensajes ampliamente difundidos en los medios de comunicación sin que se informe responsablemente sobre ellos son las dietas “milagrosas”, los tratamientos “rejuvenecedores”. Es notorio el espacio que se dedica a dietas dirigidas a mujeres que hacen rebajar “hasta 30 libras o más en una semana”, por ejemplo, frente al espacio dedicado a orientar debidamente a la población tanto femenina como masculina sobre las causas y consecuencias del incremento de peso y los peligros que puede implicar para la salud el “inventar” con cualquier fórmula que se escucha, se lea o se vea en radio, diarios, revistas, internet o televisión. Es muy marcada la promoción en los medios no sólo de publicidad hacia procedimientos de alta tecnología dirigidos a dar a las mujeres “la figura ideal”. Todo ello sin advertir de los riesgos, contraindicaciones y limitaciones de tales procedimientos. La práctica de la industria de la belleza se traslada al asunto de la edad. Hay que saludar el enfoque que de la vejez se ha empezado a difundir en los medios como una etapa más en la vida de las personas que puede vivirse y disfrutarse a plenitud. Sin embargo, éste no se corresponde con el bombardeo para que se corra desenfrenadamente tras la “fuente de la juventud”. “Unos envejecen, otros maduran”, “Rejuvenece tu piel con...”, “Para un cuerpo siempre joven, toma....”, son algunos “slogans” que chocan con los esfuerzos que se desarrollan para enfrentar el rechazo y el autorechazo hacia “lo viejo” y alejan la posibilidad de autoafirmación e inclusión de los y las envejecientes. No sólo la mujer pierde con este manejo sesgado de la salud en los medios. La escasa orientación sanitaria dirigida al hombre generalmente se reduce a informar sobre la prevención del cáncer de próstata no ayuda a que éste se responsabilice de su autocuidado lo que, unido a la socialización que vincula lo masculino a violencia, riesgo, arrojo, conquista…, le hace doblemente vulnerable frente a accidentes, adicciones y otras enfermedades. Un enfoque desde una perspectiva de género en salud debe analizar cómo las diferencias construidas social y culturalmente entre hombres y mujeres definen perfiles de salud/enfermedad distintos y con altos costos para uno y otra. Y debe ofrecer alternativas para la superación de esas diferencias que hacen que el hombre asuma un comportamiento de no cuidado de su salud exponiéndose a riesgos particulares, y que la mujer sea más vulnerable al poseer una autoestima disminuida y encontrarse en una posición de menor poder frente al hombre, la familia y la sociedad. Sólo así estaremos, desde los medios, contribuyendo a la salud de seres humanos integrales cuyas necesidades, sueños y aspiraciones no podemos ni debemos pautar. Si no asumimos el reto, podemos estar seguros y seguras de que, tal como ha dicho y escrito la feminista chilena Margarita Pizano, los “pequeños triunfos” no serán más que “grandes derrotas”.dicho y escrito la feminista chilena Margarita Pizano, los “pequeños triunfos” no serán más que “grandes derrotas”.
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