Padre ¿por qué los persigues? PDF Imprimir E-Mail
Por Raysa White   

Image De compasión no hablemos, hablemos de derechos.

La homosexualidad no es un defecto ni una aberración ni una mala conducta. La homosexualidad es un núcleo
sensible de la naturaleza humana.

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La resolución del Vaticano contra la legalización del matrimonio entre homosexuales ha tomado la primera página de importantes diarios, acompañada de un breve cintillito sobre la posición, al respecto, de George Bush, presidente de los Estados Unidos, lugar donde se protagonizó el triunfo jurídico de una reclamación legal iniciada a finales de la pasada década, a raíz de que el hijo adoptivo de un matrimonio gay cuestionó a sus padres moralmente –léase éticamente por no estar legalmente casados.

La noticia remueve los cimientos fosilizados de una cultura encaminada a preservar viejos valores de una sociedad cuyas bases crujen cada vez con menos discreción.

La crisis de valores responde a una decrepitud de conceptos que no se ajustan a las expectativas actuales del desarrollo social.

El tema de los homosexuales pasa a la palestra pública, mal que pese a ciertos status, a causa de una temible enfermedad que por fuerza de la verdad dejó de ser azote de los gay para convertirse en azote de la humanidad. El SIDA concierne hoy a toda la sociedad porque, cada vez más la sociedad, se haya en peligro de contraer el SIDA. Las Iglesias, no sólo la Católica, sugieren como solución la castidad sobran los comentarios.

Y para ello, invocan a la
“normalidad” en la unión y conducta sexual de las parejas, recordándoles el carácter ¿sagrado? de la familia y la razón reproductiva del acto sexual. Como si las iglesias trataran con cerdos, perros, caballos y no con seres dotados de inteligencia superior cuya líbido cumple no sólo una función reproductiva, sino de empuje individual que es la fuerza primaria de la evolución y el desarrollo humanos.

La crisis de valores responde a una decrepitud de conceptos que no se ajustan a las expectativas actuales del desarrollo social. 

La homosexualidad no es un defecto ni una aberración ni una mala conducta. La homosexualidad es un núcleo sensible de la naturaleza humana que no puede entregarse a la unión netamente animal por razones precisamente naturales. Se ha tratado por todos los medios posibles de obligar a estos grupos poblacionales a callar el asunto, y a mostrarse “iguales que los demás”. A ser “normales”. ¿Qué es la normalidad?.

Para qué continuar en la misma discusión. Se sabe que en la antigüedad se respetaban las uniones homosexuales como algo lógico y normal. Las guerras de conquista, y el consabido diezmo de la población dieron lugar a la famosa consigna política de los dirigentes hebreos Creced y multiplicaos, para salvar a su pueblo del exterminio. ¿Hoy día cuál sería su función en una sociedad enfilada hacia un crecimiento controlado?.


La comunidad homosexual no goza de amparo legal. La obligan a ajustarse a los límites de las leyes generales decretadas para el sentir de las mayorías. Las minorías deben pasárselas sin la protección de la ley. 

La lucha de los homosexuales en los Estados Unidos va más allá del SIDA, tiene una marcada postura ética y de derechos que no debe ser ignorada por las fuerzas progresistas de la sociedad.

A partir de los 60, quizás un poco antes, numerosas personas de orientación homosexual comenzaron a negarse al juego, y empezaron a reconstruir las bases de sus derechos dentro de la sociedad. Bajo la ideología de Orgullo Gay, afamadísimos nombres del arte, la informática, la educación y las ciencias sorprendieron a la opinión pública con su confesión. El stablishment, no sólo el norteamericano, consiguió con sus habituales resortes controlar este masivo “yo me confieso, y me enorgullezco de serlo”, que movía los tablones de toda una tradición patriarcal.

La comunidad homosexual no goza de amparo legal. La obligan a ajustarse a los límites de las leyes generales decretadas para el sentir de las mayorías. Las minorías deben pasárselas sin la protección de la ley.

Los grupos de poderes necesitan conejillos de Indias para diversionar sus momentos de crisis. Por épocas han sido los negros, los indios, los judíos, las mujeres, los homosexuales, las sectas tales y más cuales… En fin, la historia es conocida. Esta vez ha sido más difícil, se trata de organizaciones que, agrupan más de un millón de miembros en un solo país. Y en cuyas directivas se encuentran científicos y profesionales prominentes con gran poder económico. En este caso, el stablishment ha optado por conversar con ellos: “la sociedad aún es muy sensible a estos temas”, “no está preparada”, etc.

La Iglesia Católica puede decretar lo que ella entienda. Su historia de dogmas e intransigencias es bien conocida. ¿O es factible que tenga influencia sobre el poder jurídico de la sociedad una Institución que tardó más de tres mil años en reconocer que su postura con aquel científico italiano había sido un error, lo cual de hecho reconoce el atroz crimen cometido con Copérnico, a quien se le tapó la boca con extremada crueldad.

Con decir: “Lo siento”, no basta. La institución Iglesia Católica tuvo su oportunidad y la perdió por soberbia. Costará otorgársele de nuevo mientras que Dios, el verdadero, el Todopoderoso, exista y rija el alma y la vida de los seres en este universo. La Iglesia Católica vive, pero sobretodo por sus militantes honestos, sus incontables mártires, esas enormes almas anónimas que entregaron y entregan cada día sus vidas a la caridad y al amor por la salvación de los seres humanos, los que vibran eternamente en la bóveda cósmica; los grandes jerarcas de la lealtad a Dios y a sus hijos que enfrentaron todo tipo de represalias y sortearon con su infinita fe incontables obstáculos en nombre de la Iglesia Católica, que son los que mantienen vivas la fe y la confianza en la autética esencia del cristianismo que también se deposita e incuba en la sapientísima matriz de la Iglesia.

De modo que el debate no se ha de centrar sólo en el documento emitido por el Vaticano. El debate concierne también a la postura de los medios de difusión a la hora de difundir sus noticias. Los pasos de unidad que la sociedad está dando a favor de estos reclamos, serían más eficaces si se contara con la comprensión desprejuiciada y un tratamiento respetuoso e informado de los y las profesionales de la comunicación.

Desde luego, cada cual responde a sus propensiones personales. La frase, eso es un problemas de ellas o eso es un problema de ellos, cepilla aparentemente la conciencia de quien la emite, pero no le exime de la responsabilidades. Somos parte de este mundo. Lo que ocurre en él nos concierne a cada uno, y aunque no lo creamos podremos ser víctimas alguna vez de nuestra insensibilidad.

 


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